7 de octubre, el comienzo del fin de mis días en Israel
- 7 oct 2024
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Aunque habíamos decidido abandonar el país de Medio Oriente, jamás pensamos que lo haríamos de forma tan abrupta y en un contexto tan violento como el que precedió a la masacre cometida por los terroristas de Hamas.

Ha pasado un año desde aquel día de terror. Es muy diferente verlo desde miles de kilómetros que vivirlo en el lugar donde suceden las cosas. Esto es esencial para entender algunas de las situaciones que ocurren en esa región. Como siempre digo: “Pensar en Medio Oriente con la mentalidad, los valores y las ideologías de Occidente es un error enorme”. También es crucial conocer la historia de esa región, la que se remonta a siglos y siglos.
Ayer pensaba mucho en el día antes de la masacre cometida por el grupo terrorista palestino Hamas. Aquel viernes, además de ser shabat, era Simjat Torá, la fiesta judía que marca el final de Sucot. Es decir, era un feriado muy importante. Todo estaba tranquilo. Como sabía que trabajaría por la noche, decidí quedarme con mi familia en el kibutz donde vivíamos, en lugar de ir a Eilat, la ciudad más cercana, a orillas del Mar Rojo. El calor del verano ya había pasado, y las temperaturas eran más agradables. Esa tarde, mis hijos jugaban en el kibutz con sus amigos, mientras yo estaba en casa con mi esposa. Al caer la noche, encendí la parrilla para preparar anticuchos, un plato típico peruano, para cenar antes de ir a trabajar en la fábrica.
Mientras hacía eso, a kilómetros de distancia, un grupo de personas se preparaba para un ataque descomunal. Mientras yo encendía el fuego para compartir una comida con mi familia, ¿qué estarían haciendo ellos? ¿Estarían también con sus familias? ¿Ya estarían consumiendo la droga conocida como captagon, esa que los llevaría a disparar a bebés, quemar a ancianos y violar mujeres?
Después de cenar, me despedí de mi familia y, mientras manejaba en la oscuridad del desierto, recordaba mi reciente viaje a España. Solo habían pasado tres días desde mi regreso y me preguntaba cuándo volvería. Mi sueño era irnos definitivamente en septiembre de 2024, la fecha original de nuestra mudanza.
Aquella noche de trabajo fue como cualquier otra noche de shabat. Mi tarea consistía en supervisar los reactores que contenían las algas. Tras ver la película Golda y algunas series, salí a caminar por la fábrica para estirar las piernas. Esa noche me recuerda al hundimiento del Titanic: una calma absoluta, el viento tibio, el cielo despejado y lleno de estrellas. A solo 200 kilómetros, miembros del grupo terrorista Hamas ultimaban los detalles de la incursión en el desierto israelí.
Vuelvo a pensar en las horas. Cuando Darío, mi compañero argentino, llegó a las 5 de la mañana para relevarme, faltaba solo una hora y media para que se desatara el infierno. El kibutz donde trabajaba, Keturá, estaba a solo cinco minutos en auto del mío, Grofit. Entre ambos, solo había desierto, un paisaje de piedras y tierra poco fértil. Mientras manejaba de regreso, vi a lo lejos algunos venados corriendo hacia las montañas, las mismas que solía subir en bicicleta en los días menos calurosos.
Pienso que a las 5:30 de ese 7 de octubre de 2023, mientras me ponía el pijama para dormir hasta las 10 de la mañana —había prometido llevar a mis hijos al teatro en Eilat—, los terroristas ya estaban ejecutando la primera fase de su plan. A esa misma hora, unos jóvenes cerca de la frontera bailaban sin saber que esos serían sus últimos minutos de vida, que pasarían de la diversión a la muerte. Eso no fue una película de terror; sucedió en la vida real, hace exactamente 365 días.
Lo que vino después
Ya he contado antes cómo fueron los días posteriores a ese fatídico 7 de octubre y cómo logramos escapar de la guerra casi un mes después de que todo comenzara. Los adultos nos vemos forzados a comprender lo que ocurre, pero ¿qué pasa con los niños? Mi padre es piloto militar y combatió al terrorismo en Perú en las décadas de los 80 y 90, por lo que desde pequeño estuve familiarizado con esta dura realidad. Mi esposa, en cambio, prefiere suavizar las explicaciones. Aun así, decidimos decirles la verdad: “Hay hombres que quieren matar gente en Israel solo por ser judíos”. Fuimos directos. En su inocencia, mis hijos dijeron que ellos eran 50 % católicos, como papá, y que también llevarían un rosario colgado, como yo, para que no los mataran. Se me hizo un nudo en la garganta al oír eso.
Al volver a Buenos Aires, después de pasar unos días en Barcelona, mis hijos llegaron a casa de sus abuelos, donde fueron recibidos con todo el amor de la familia, a quienes no veían desde hacía dos años. Ningún colegio los podía aceptar tan cerca del final del año escolar. Afortunadamente, una escuela de la comunidad judía acogió a niños que llegaban debido a la guerra, y formaron un grupo con chicos de diferentes edades, organizando actividades para distraerlos. Hoy siguen en esa escuela y en el grado que les corresponde.
De vivir en el silencioso desierto, hoy vivimos en lo alto de un edificio en pleno Villa Crespo. A pocos metros tenemos una estación de bomberos que hace sonar su sirena cada vez que salen a atender una emergencia. Quedaron atrás los días de jugar al aire libre con los amigos, de caminar hasta la piscina o dar paseos por el desierto. Son niños, y necesitan espacio para jugar, pero en una ciudad como Buenos Aires, eso es muy difícil. Me siento mal por retarlos cuando juegan en el living con una pelota de papel y cinta de embalaje, pero debido a nuestras obligaciones laborales no podemos llevarlos a la plaza a diario.
Seguimos atentos a lo que sucede allá. A los atentados de los llamados “lobos solitarios”, a los días en que Israel es atacado desde siete frentes distintos (Gaza, Líbano, Siria, Irak, Irán y Yemen), y a cómo la cúpula de hierro intercepta los misiles. “Aprendimos a convivir con la guerra”, nos dicen los amigos que quedaron en los kibutzim cercanos al nuestro.
También sigo pensando en que mi viaje a Lima en plena pandemia, el que nos impidió mudarnos a Israel en septiembre de 2021, fue un regalo de Dios. En ese momento nos lamentamos mucho por no poder irnos a vivir al kibutz Ein Hashlosha, ubicado a pocos metros de la frontera con Gaza, donde los terroristas de Hamas mataron a cuatro civiles, entre ellos una anciana de 80 años a la que prendieron fuego. Definitivamente, no era nuestro momento.
Imposible olvidar a la familia Bibas, en los dos niños pelirrojos y su madre. En cómo los terroristas entraron a Israel disparando a los autos que circulaban por la carretera, matando sin saber quiénes iban dentro.
Duele mucho que hoy algunas personas "humanas" se reúnan para celebrar esta masacre, festejando que la vida de 101 personas, un 7 de septiembre, a las 06:29, entró en un estado de pausa que no sabemos cuándo terminará.



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