Buenos Aires: otro crimen quedará sin resolver
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Tras dos meses desde mi regreso a la capital argentina, intenté reconciliarme con la ciudad. Durante ese tiempo salí de casa lo justo y necesario, más bien dedicado a disfrutar de la familia. Pero hace dos sábados decidí darle otra oportunidad a esa noche porteña que, veinte años atrás, me había encandilado. El resultado fue catastrófico: terminé en la guardia de una clínica en las primeras horas del domingo.

Buenos Aires es conocida como la ciudad que nunca duerme y también como la Ciudad de la Furia. Ambas cosas se cruzaron la noche en que decidí volver a recorrerla, como hacía dos décadas atrás. Pero el tiempo no pasa en vano: así como uno cambia, la ciudad también. Y esta vez, para mi pesar, cambió para peor. Y el escenario fue el menos pensado: Monserrat, el primer barrio donde viví.
Mi amigo Julio llevaba varias semanas insistiéndome en encontrarnos para ir a un bar y conversar de la vida, tal como solíamos hacer antes de que me mudara en 2021, en plena pandemia, al exterior. Si bien nos habíamos visto a los pocos días de mi regreso a Buenos Aires, aquel encuentro había sido en una pequeña cervecería a una cuadra de mi casa. Fue breve, apenas alcanzó para ponernos al día.
—Venite para San Telmo, que la vez pasada yo fui para Villa Crespo —me había dicho por WhatsApp.
Era justo. Esta vez me tocaba a mí ir hacia sus dominios, de los que rara vez sale. Tanto es así que trabaja a pocas cuadras de donde vive, aunque eso no signifique que sea el primero en llegar a la oficina.
En 2006, el primer barrio donde viví fue Monserrat, pegado a San Telmo. En ese entonces, salir por sus bares era algo deslumbrante. Los viernes y sábados por la noche, hordas de jóvenes caminaban por sus calles empedradas mientras desde los locales se filtraban los últimos hits de rock, canciones que con el tiempo se volverían himnos de un género que hoy suena cada vez menos.
Así fue como, en una noche calurosa de otoño —de esas con una humedad pesada, casi pegajosa— volví a esos lugares que recuerdo con cierta nostalgia. El recorrido fue el de siempre: subte línea B hasta 9 de Julio, combinación con la D hasta Catedral. Salí a Plaza de Mayo y caminé por la calle Bolívar, pasando por el hotel NH, cuya cúpula aparece en la tapa de Doble Vida de Soda Stereo.
Seguí hasta la esquina con Adolfo Alsina, donde estaba la pensión en la que viví en 2006, y después enfilé hacia la avenida Belgrano. Pasé por el recuperado Palacio Raggio —que en aquellos años estaba okupado— y no pude evitar recordar aquel pequeño supermercado con carnicería donde compraba dos bistecs de paleta por cinco pesos. Otra época, otro lugar.
Faltaba poco para la medianoche cuando me encontré con Julio en la esquina de Belgrano y Perú.
—Te voy a llevar a un lugar donde venden la misma birra artesanal que en la cervecería de Villa Crespo —me dijo.
Caminamos varias cuadras, doblamos una, otra más… de esas vueltas que después te hacen imposible volver a repetir el trayecto. San Telmo cambió mucho en estas dos décadas, pandemia incluida: donde antes había bares, ahora hay locales de antigüedades, pizzerías o peluquerías.
El lugar era una casona antigua. Apenas entrabas, había una barra donde elegías las cervezas. No se pagaba directamente: comprabas fichas en caja y las canjeabas. Con las pintas en la mano, nos acomodamos en un barril que hacía de mesa, sentados en esos bancos altos e incómodos que parecen hechos especialmente para cervecerías.
Nuestras conversaciones casi siempre siguen el mismo recorrido: arrancan por la actualidad del mundo, pasan por el trabajo, se detienen en la familia… y, ya hacia el final, aparece ese detalle inesperado que queda como anécdota.
Esa noche, sin embargo, hubo un tema que se instaló y no se fue: el proyecto de vida y la inseguridad.
Yo sostenía —con una mezcla de convicción y deseo— que, en Europa, lejos de las grandes ciudades, es posible tener un trabajo digno, bien pago, y una vida tranquila, de esas donde uno puede ver crecer a sus hijos en un entorno seguro. Julio lo veía distinto: para él, todo eso también es posible en Sudamérica, siempre que haya decisión, constancia y un objetivo claro.
En un momento, mientras se levantaba para ir al baño, soltó:
—Que España haya anunciado una regularización masiva justo al día siguiente de tu regreso a Argentina es toda una señal.
La noche se nos fue en ese ida y vuelta. Argumentos, ejemplos, historias. Después terminamos en otro bar donde lo conocen tanto que, incluso si se olvida algo, sabe que va a estar ahí al día siguiente.
Curiosamente, parecía que la noche se cerraba sin anécdota.
Nos despedimos y encaré hacia Plaza de Mayo, con dirección a Monserrat Pensaba en Granada, en esas caminatas nocturnas sin sobresaltos, en esa tranquilidad que había mencionado hacía apenas unas horas.
Por la calle Defensa —donde los domingos se arma la feria— algunos hombres desmontaban y armaban estructuras. Había movimiento. Gente. Una falsa sensación de seguridad.
Llegué a la esquina con la avenida Belgrano: estaba a tres cuadras de la Plaza de Mayo y a dos del edificio de ARCA, la entidad recaudadora de impuestos. Una zona donde, en teoría, la presencia policial no debería ser una rareza. Fue entonces cuando un hombre, desde la vereda de enfrente, me hizo una seña preguntando si tenía un cigarrillo. Le dije que no. En cuestión de segundos, se me vino encima.
Intenté volver corriendo hacia la avenida, pero ya era tarde. Dos tipos me sujetaron por detrás y empezaron a golpearme, mientras el del cigarro me revisaba los bolsillos. Buscaban el celular.
No se las hice fácil: tiré patadas y puñetazos en todas las direcciones. Pero un golpe en la sien izquierda me dejó grogui. Y después escuché la palabra “cuchillo”. Ahí entendí que ya estaba.
Me sacaron el teléfono y se fueron.
¿Creen que los hombres que se encontraban armando las estructuras de los stands de la feria de San Telmo dijeron algo? No. La organización de la feria depende del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. ¿La logística también dependerá directamente del ente municipal? ¿Estos sujetos estarán en complicidad con los delincuentes que merodeaban la calle Defensa?
Silencio. Como si no hubiera pasado nada.
Lo único que atiné a hacer fue volver a la avenida Belgrano para buscar un patrullero de la Policía de la Ciudad, pero no encontré ninguno. Sin el celular, tampoco podía llamar al 911. Conservaba la billetera, el reloj y los auriculares; solo se habían llevado el teléfono. Mis lentes también habían desaparecido; probablemente salieron volando durante el forcejeo.
No quise volver a buscarlos.
Paré un taxi y me fui a casa.
Después vino lo esperable: la conmoción familiar, bloquear tarjetas, cancelar accesos. Fui a la clínica. Me hicieron una tomografía: no había daño interno.
Mientras esperaba el alta, acostado en la camilla, escuchaba la lluvia caer en un pequeño patio interno. El dolor en el cuello no cedía del todo, a pesar de la inyección. Miraba el techo, todavía aturdido, y se me vino a la cabeza la conversación que había tenido unas horas antes con Julio.
Sí, Julio, hay que hacerles caso a las señales.
No cabe duda de que este robo es una de ellas... de las que hay que seguir sí o sí.



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