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A 20 años de mi llegada a aquella Buenos Aires, una ciudad que ya no existe

  • 15 mar
  • 4 Min. de lectura

Un día como hoy, hace dos décadas, diluviaba copiosamente sobre Buenos Aires. Así la llamada Ciudad de la Furia me daba la bienvenida a una estancia que, en principio, debía durar apenas un par de años: el tiempo justo para estudiar y luego volver a la ciudad donde nací. Pero la vida y el destino hicieron su trabajo, y ese regreso nunca ocurrió.

Buenos Aires 2006
Buenos Aires 2006

¿Es mucho tiempo, dos décadas? Todo depende de cómo se mire. Aún recuerdo el viaje en taxi desde el aeropuerto de Ezeiza hasta el Microcentro, precisamente a la calle Riobamba al 200, a un pequeño hostel de estudiantes frente a los, por aquel entonces, estudios del canal de noticias Crónica. Como hoy, mi vida se reducía al contenido de dos enormes valijas.


Antes de comenzar mi primer viaje hacia Capital Federal, hice algo que con el tiempo aprendí que nunca se debe hacer: cambiar dinero en el aeropuerto. En una pequeña oficina del Banco de la Nación convertí dólares por pesos argentinos para pagar mi primer viaje en taxi.


Ha pasado tanto tiempo y aún recuerdo los precios de entonces. Por ese trayecto de 40 kilómetros pagué 70 pesos, unos 25 dólares de la época. Eran tiempos en los que no existía Google Maps y el conocimiento de las calles dependía de los años de experiencia del “tachero” al volante. Hace un mes volví de España y, por un viaje desde el aeropuerto hasta Villa Crespo, a solo cinco kilómetros del microcentro, pagué 50.000 pesos.


Otra de las formas que, por aquel entonces, uno tenía para conocer las calles era la hoy desaparecida Guía T, un pequeño libro que contenía todas las calles de Capital Federal y, en su versión extendida, las del conurbano bonaerense.


Mi primer viaje en colectivo también lo hice ese mismo día. Tenía que ir hasta la sede de Mario Bravo de la Universidad de Palermo. Dejé mis valijas en el hostel y me dirigí a la avenida Córdoba. Ahí descubrí que la garúa de mi natal Lima, donde nunca necesitaba paraguas, difícilmente podría considerarse lluvia comparada con la que cae en Buenos Aires.

Llegué considerablemente mojado a la parada del colectivo y, al subirme al autobús, descubrí la importancia de tener monedas para movilizarme. El chofer nunca cambiaba billetes, y para conseguir las codiciadas monedas tuve que bajar del bus y comprar una botella de agua. Faltaban aún unos seis años para que la tarjeta SUBE nos resolviera la vida a los que usamos el transporte público.


Recuerdo la sensación de caminar maravillado por la arquitectura de los edificios, aunque con peligro: una baldosa floja podía mojarte media pierna con agua no muy limpia, tal como ocurrió. Al igual que otras capitales sudamericanas, Buenos Aires no había sido todavía presa de la proliferación desmesurada de torres. Si te alejabas del centro, encontrabas lindas casitas centenarias que hoy fueron reemplazadas por enormes bloques de cemento con amenities y pileta en la terraza. Modernidad, le llaman.


Por aquel entonces, Buenos Aires era una ciudad que no dormía y en la que se respiraba rock. Mis primeras incursiones en bares añejos daban buena cuenta de ello. En el Bellagamba, mi otrora bar favorito, aún no regía la prohibición de fumar en el interior, y el humo se mezclaba con la música de la vieja rockola y la conversación. Más de una vez vi amanecer sentado en sus mesas, mientras la luz del día se asomaba por el gran ventanal que da a la avenida Rivadavia. Con las primeras horas de la mañana, el bar cambiaba de piel: lo que hasta hacía un rato era refugio de noctámbulos comenzaba, casi sin darse cuenta, a servir cafés y medialunas a los madrugadores.


Otro cambio significativo —y el que terminó por alejarme de ese lugar entrañable— fue el modo de atención. Hasta hace un par de años, el sistema era de autoservicio: uno iba hasta las heladeras, elegía la cerveza preferida y podía acompañarla con alguna empanada, milanesa o tarta del exhibidor de comidas, para luego acercarse a la caja y pagar. Hoy todo eso fue reemplazado por mozos. Había algo especial en cumplir con ese pequeño ritual de elección mientras conversabas con algún amigo, como si el simple acto de ir a buscar la cerveza y algo de comer formara parte de la ceremonia de pasar la noche en el centenario Bellagamba.


Si buscabas algo distinto, también estaba la zona del Bajo, muy cerca de Retiro. Con los chicos de la pensión —el segundo lugar donde viví tras salir espantado del calamitoso hostel de mis primeros días— solíamos ir al Kilkenny, un bar irlandés donde la gente principalmente iba de levante. La cifra justa para que todo saliera bien —invitar a una chica varios tragos interesantes y acompañarla en taxi a su casa— era 50 pesos; hoy, con ese billete, no compras absolutamente nada.


Los últimos tres años los he pasado entre Argentina y España. Buenos Aires empieza a entrar en la misma categoría que mi querida Lima: lo que yo llamo álbum de fotos, es decir, lugares que evocan recuerdos entrañables, en medio de un presente complejo. Cuando llegué hace veinte años, aún existían íconos de la cultura argentina como Sandro, Mercedes Sosa, Gustavo Cerati y Luis Alberto Spinetta. Se respiraba otro aire, un espíritu que, tal vez por la ausencia de estas voces, hizo que los bares y los lugares donde se presentaban bandas viraran hacia opciones más rápidas y de consumo inmediato, cambiando la dinámica de la ciudad.


“Pasaron 25 años, Espósito”, dice el personaje de Pablo Rago en El secreto de sus ojos. En mi caso, pasaron veinte desde que llegué a vivir a Buenos Aires y, al igual que aquel viudo de la película, no queda otra opción que adaptarse a la realidad y enfrentar la inevitabilidad del tiempo. La nostalgia se entrelaza con la vida cotidiana, y la ciudad, con sus luces y sombras, sigue latiendo, con calles, bares y personas que parecen guardar historias de otros tiempos.

 
 
 

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