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Adormecidos en la enorme ciudad

  • 1 feb
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 3 feb

Luego de diez meses de vivir en Granada, volví a Buenos Aires, principalmente para ver a mis dos pequeños hijos, que sentían el desgaste del paso de los meses y de la distancia. El verano porteño es más o menos el mismo que el de 2006, año en el que recalé en este confín del planeta, al igual que la resignación que percibo en la gente respecto de la mejora de su calidad de vida y la polarización de sus ideas políticas.

Capital Federal, Buenos Aires
Capital Federal, Buenos Aires

Cuando en Granada, España, me subí al ómnibus que me llevaría al aeropuerto de Madrid, la temperatura era de cero grados y caía una intensa aguanieve. Al finalizar mi periplo, luego de 27 horas de viaje, el termómetro en Villa Crespo, Buenos Aires, marcaba 36 grados centígrados. Las diferencias no eran solo térmicas: pasaba de una ciudad pequeña a una megametrópolis, con todo lo que eso conlleva.


A diferencia de otros regresos, en esta oportunidad no estaba ávido de recorrer la ciudad. Me bastó ver el excesivo tránsito dominguero en el trayecto desde el Aeropuerto Internacional de Ezeiza hasta la Capital Federal para darme cuenta de que era otro enero de furioso calor. Mi objetivo era claro: empacharme del amor de mis hijos por los diez meses que no los tuve a mi lado.


Vivir en un complejo con espacios verdes y piletas hizo que no necesitáramos salir de allí. Con mis hijos pasamos los días conversando sobre cómo habían sido sus jornadas durante mi ausencia y sobre la colonia de vacaciones de verano. Desde el piso 23 escuchaba el ruido de la ciudad y, en el horizonte, se veían centenares de edificios, todo muy distinto a la silenciosa postal de Sierra Nevada que tenía desde el living del departamento que compartía en el barrio de La Chana, en Granada. No es ni bueno ni malo: es la mera descripción de las diferencias.


Recién el martes salí de esa pequeña burbuja. Caminé por Villa Crespo, barrio donde viví varios años, y pude ver con mucha alegría que hay bastantes negocios nuevos. Eso sí, se nota mucha más gente en las calles, lo que es sinónimo de que muchos no se fueron de vacaciones. Reitero: es la mera descripción de lo que vi durante las ocho cuadras que caminé hasta la casa de cambio a la que solía ir cuando vivía aquí. Más tarde, cuando llevé a mi hijo menor a un turno médico en el centro, confirmé que muchos se quedaron en la ciudad.


Las noticias nacionales no me resultan extrañas. Allá, durante el día, veía un par de canales de cable para informarme sobre la vida política del país. El libreto es el mismo de siempre: cuando el peronismo no está en el poder, el gobierno de turno es culpable de todo, desde el precio del dólar hasta el hecho de que, siendo ya fin de enero, aún no tengamos la canción del verano.


Como siempre, los obedientes seguidores del partido del General hacen eco del discurso de los líderes de turno, muchos de los cuales vacacionan en la costa atlántica o en algún coqueto destino uruguayo no apto para todos los bolsillos, como Punta del Este. La historia lo demuestra: los sufridos son los adoctrinadísimos militantes, pero no sus casi siempre millonarios dirigentes.


La amnesia selectiva es una condición sine qua non de los militantes del Pocho. Esto lleva a que, cuando critican al actual gobierno y uno les recuerda los errores cometidos por los variopintos gobiernos peronistas de los últimos veinte años, ocurra lo de siempre: los chicos del “el amor vence al odio” te catalogan de cipayo y estúpido. Esto último no es un invento: me pasó casi al bajar del avión cuando, a una amiga, le comenté un video de Instagram en el que aparecía el actual presidente cantando. Reitero: es una descripción de la realidad.


Como estoy en búsqueda activa de trabajo, el miércoles por la noche me reuní con un amigo para, entre otras cosas, comentarle el clásico “si sabés algo, chiflame”. Estábamos en el San Bernardo, el bar notable de Villa Crespo, con el partido de Estudiantes vs. Boca de fondo, cuando me propuso ir a una cervecería artesanal que está a pocas cuadras. Justamente le estaba contando acerca de la tranquilidad con la que se vive en Granada cuando, de pronto, uno de los presentes en el bar buscó pelea con un chico oriental, propietario de un negocio lindero a la cervecería. El incidente fue escalando y terminaron a las manos en la puerta del local. Volaron algunos vasos y, felizmente, el sujeto ebrio que había iniciado el conflicto optó por retirarse.


Como acá la naturaleza se encuentra a varios kilómetros, con mi familia no tuvimos otra feliz idea que ir a un shopping un domingo por la tarde. La verdad es que no había tanta gente como pensaba. Comparar los precios era inevitable. Trataba de no hacer muchos comentarios porque la diferencia era descomunal. A mi mente venía el comentario de muchos amigos granadinos: ¿cómo es posible que ustedes paguen mucho más por algo que acá se consigue más barato y que, además, ganen un sueldo mínimo de 250 euros?Lo más escandaloso fue cuando entré a Zara. Hace dos semanas, cuando estaba próximo a mi regreso a Buenos Aires, decidí comprar un jean —vaquero, le dicen allá— y pagué 25,70 euros. El mismo producto, mismo diseño y color, está en una sucursal de la capital argentina y su costo es de 105.990 pesos, lo que convertido en euros da como resultado 60,85 euros. Sí, ya sé que los costos de importación y bla, bla, bla, ¿pero son tantos como para que acá se pague más del doble? Reitero: no es una crítica, es una descripción de la realidad y nadie se calienta por esto.


Para muchos amigos y familiares, estoy obstinado con el proyecto de vivir en Granada. Algunos amigos y conocidos adeptos al peronismo me dicen que esa misma paz se puede encontrar lejos de Buenos Aires; yo siempre les contesto que acá es más probable que, aun en medio de la naturaleza, uno sea víctima de un robo. Hace unas semanas fui a caminar por la Sierra de Alfaguara, en Granada, y me crucé dos veces con un chico que andaba en una bicicleta eléctrica de montaña —las más baratas cuestan 2.000 euros— y él iba muy tranquilo. En esa misma línea, el 19 de noviembre del año pasado, un joven fue asesinado en los bosques de Ezeiza cuando intentaron robarle una vieja bicicleta playera, de las que a lo sumo cuestan 189 euros. Del otro lado de la vereda, los adeptos al actual gobierno señalan que hay que tener paciencia, que los “buenos tiempos”, respaldados por auspiciosos números macroeconómicos, ya están por venir. Deseo con todas mis fuerzas que así sea, pero ya estoy viejo para sentarme a esperar.


Y como les digo a muchos de los fundamentalistas del “no conozco España, pero un amigo me contó que no está tan bien”, la felicidad es algo personal. Para muchos, estar en una capital como Buenos Aires, a 400 kilómetros del mar, donde la naturaleza es prácticamente inexistente y con 34 grados de calor, está bien; y seguro que para muchos lo es. Para mí, no tanto. Haber vivido casi dos años en el sur de Israel, en medio del desierto y alejado de las grandes ciudades, me hizo darme cuenta de que no necesitaba el infernal tránsito de las grandes avenidas ni las aglomeraciones para vivir. Sí, en 2006, cuando llegué a Buenos Aires, mi felicidad era caminar por la calle Florida, atestada de gente, y sentirme parte de esta gran metrópolis. Pero las cosas cambiaron y para mí eso ya no es sinónimo de confort. No, no me volví hippie ni nada por el estilo; simplemente, así como todos cambiamos, también cambia el concepto que tenemos de felicidad.


Después de todo, vivir se trata de eso: de intentar ser feliz.

 
 
 

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