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A dos años de que el antisemitismo perdió la vergüenza

  • 7 oct 2025
  • 6 Min. de lectura

Han pasado 730 días desde la terrible masacre perpetrada por Hamas contra civiles en Israel. Aún hay 48 personas —deseo con todas mis fuerzas que estén con vida— en poder del grupo terrorista de corte fundamentalista islámico. Pero también se cumple otro aniversario del momento en que el odio hacia Israel, y especialmente hacia los judíos, erupcionó sin control ni pudor alguno.

Seguramente todos en el mundo recuerdan qué estaban haciendo el 11 de septiembre de 2001, fecha del atentado a las Torres Gemelas. Incluso recuerdan exactamente lo que hacían mientras veían en vivo cómo los aviones impactaban contra aquellos edificios que simbolizaban a Estados Unidos. Muy distinto sucede con el 7 de octubre de 2023, fecha de la masacre cometida por los terroristas islámicos de Hamás en suelo israelí. Para muchos en Occidente fue “una guerra más de Medio Oriente”, pero estoy seguro de que quienes estuvimos allí lo recordaremos hasta el último día de nuestras vidas.


A dos años de ese aberrante hecho, resulta increíble el giro de 180 grados que dieron las cosas: los asesinos se disfrazaron de víctimas, y el país que aún intenta recuperar a sus rehenes —unos 48 entre vivos y muertos— pasó a ser “el villano” de esta película de terror.

Cuando termine esta guerra, el ala comunicacional del terrorismo podría tranquilamente abrir una fábrica de heladeras para vender sus productos a los esquimales, o de calefactores para comercializarlos en Medio Oriente. Es increíble cómo lograron instalar la frase “genocidio contra el pueblo palestino” con tanta facilidad, del mismo modo que se convirtieron en fuente “100 % fidedigna” para la mayoría de los medios internacionales: “Los servicios de salud de Gaza informan que ya podemos contabilizar 90 millones de muertos.” Lo que muchos no saben —o prefieren no decir— es que esa “entidad” no es independiente del terrorismo fundamentalista islámico de Hamás.


Quienes alguna vez vivimos en Medio Oriente sabíamos que la UNRWA, la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo, era prácticamente la agencia de empleos de Hamás. Muchos olvidan —o no quieren recordarlo— que en los videos grabados por el grupo terrorista se ve cómo varios secuestrados fueron trasladados de Israel a Gaza en camionetas de ese controvertido organismo. Ni hablar de la actitud de António Guterres, que más que secretario general de las Naciones Unidas parece un aliado del grupo terrorista islámico: la web del organismo se asemeja a una página de noticias de Hamás. Ellos nunca se fueron, estaban ahí

Todo lo anterior fue el detonante de algo que esperaba un momento como este: el antisemitismo. Esa discriminación nunca desapareció; simplemente estaba disfrazada. Uno de los grandes promotores de este odio es la izquierda. Sí, esa que se autoproclama feminista y defensora de las libertades individuales. Es la misma que sale en defensa de Hamás, un grupo fundamentalista islámico que, en nombre de la religión, es el mayor enemigo de los derechos de las mujeres. Y ni hablar del colectivo LGTB… sin temor a equivocarme, Israel es el único país de Medio Oriente donde se celebra la Marcha del Orgullo Gay. La izquierda, una vez más, siendo “lógica” en sus luchas.


Desde el 7 de octubre de 2023 ha habido en Occidente varios asesinatos cometidos al grito de “¡Palestina libre!”. Antisemitismo puro y duro. El mundo vuelve a mirar hacia otro lado, igual que hace casi cien años en la Alemania nazi. Y no es que el mundo no haya aprendido; es que ellos siempre estuvieron ahí.


Hoy, a los guerrilleros de teclado —los Che Guevara de café de autor— les parece “cool” decir que odian a los judíos y que muera Israel. Eso sí: les preguntas lo más básico sobre el conflicto en Medio Oriente y no saben ni ubicarlo en el mapa.


Este postureo también convocó a “solidarizarse”

Actores, cantantes y políticos se sumaron al discurso. El caso más curioso es el de Pedro Sánchez, el presidente español, que como buen animal político viajó a Israel apenas ocurrió la barbarie perpetrada por Hamás. A mediados de octubre de 2023 apareció con rostro compungido recorriendo los escombros de los kibutzim destruidos por los terroristas. En menos de un mes, al ver que parte de su electorado se contagiaba del discurso del “genocidio”, cambió su postura y empezó a hablar en contra de Israel y de sus intentos por recuperar a los rehenes. Me pregunto: ¿cómo habría actuado él si los secuestrados fueran civiles españoles? El mismo que, ante una comparecencia por corrupción en su gobierno, respondió a la prensa con un: “Son las cinco y no he comido, creo que también es importante”. No quiero imaginármelo en un conflicto. ¿Cómo reconocerlos?

Además de criticar la existencia de un Estado judío —pero no de los más de 40 Estados musulmanes—, se incomodan y no saben qué responder ante la pregunta: “¿El terrorismo de Hamás está gobernando Gaza?”. Y ni hablar de los que dudan de todo lo que proviene de Israel, pero creen ciegamente en lo que difunde Hamás y sus aliados. Cuando se quedan sin argumentos, recurren al ya conocido: “Esto viene desde 1948”.


“Migrar es un derecho”, rezan el peronismo y la izquierda de Argentina. “Migrar no es un delito”, gritan los comunistas de España. Pero si eres judío y decides mudarte a Israel, entonces eres un colonizador. Lo paradójico es que el pueblo judío habita ese pequeño y árido territorio desde hace muchos siglos. El discurso de los #FreePalestine sostiene lo contrario. Hasta la inteligencia artificial lo confirma: “El Muro de los Lamentos fue construido primero como un muro de contención de la explanada del Segundo Templo, que Herodes el Grande expandió en el siglo I a. C. La mezquita de Al-Aqsa fue edificada siglos después, en el siglo VII, como parte del complejo islámico de la Explanada de las Mezquitas (conocida por los judíos como Explanada del Templo).” Yarden Bibas, el hombre más fuerte del mundo

Desde que ocurrió la masacre, no dejo de pensar en Yarden Bibas. Hace dos años, unos monstruos —en nombre de Dios— separaron a este hombre de su esposa y sus dos pequeños hijos. Meses después, él fue liberado, pero su familia regresó en féretros cerrados a Israel. En el colmo del sadismo, los terroristas confundieron los cuerpos y enviaron el de su esposa días más tarde. A diferencia de los “miles de millones de muertos” que proclaman los #FreePalestine, ellos sí tenían rostro y nombre: ella se llamaba Shiri, y sus hijos Kfir y Ariel.


¿Cómo se puede matar a dos niños de 9 meses y 4 años? ¿Qué clase de mente enferma puede tener la frialdad de asesinar a dos pequeños? Sí, son los mismos que hace dos años utilizaban teléfonos celulares para llamar a sus padres y decirles, con orgullo, que “estaban matando judíos”. A pesar de que los terroristas afirmaron que murieron en un bombardeo israelí, la autopsia reveló otra cosa. Obviamente, los #FreePalestine creyeron la versión de los terroristas… sin ponerla jamás en duda.


Hoy, sin duda, para Yarden no será un día más. Debe ser doloroso ver cómo gran parte del mundo se hizo cómplice de esos seres demoníacos, de esos asesinos de niños, mujeres y ancianos. Espero que los abrazos del otro lado del mundo —de quienes sintieron como suya la muerte de Shiri, Kfir y Ariel— sean suficientes para acompañarlo en su camino por este plano terrenal. Los que aún quedan en los túneles

Circula una frase junto a una imagen: “En la Alemania nazi, algunos alemanes salvaron la vida de muchos judíos. Ni un solo palestino salvó a un rehén judío.” Hoy, 48 personas —espero que todas con vida— siguen en poder del terrorismo fundamentalista islámico de Hamás. Estos rehenes permanecen ocultos con la complicidad de los habitantes de Gaza. Los #FreePalestine lo negarán, pero conviene recordar algo: en las elecciones de 2006, la población votó por Hamás, un grupo terrorista cuyo decálogo fundacional dice claramente: “Eliminar a Israel.” ¿Se puede esperar colaboración de esa “población civil”?

Ojalá las negociaciones entre Hamás y Estados Unidos lleguen a buen término, y que los rehenes puedan regresar a casa y volver a abrazar a sus familias. El terrorismo de Hamás venció

Lo que sí es tristemente cierto es que Hamás ganó esta guerra: logró instalar el odio hacia Israel —un país cuya población es árabe en un 21 %— y hacia los judíos. Tengo la secreta esperanza de que, cuando termine el conflicto, los guerrilleros de teclado —los que en los años 80 pedían por el hambre en África, en los 90 y 2000 por el cambio climático, y hoy se convirtieron en #FreePalestine— encuentren otra causa por la cual militar. Ojalá que, la próxima vez, se informen bien y no vuelvan a demostrar, día tras día, su profunda ignorancia sobre el tema.

 
 
 

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