A un mes de que la guerra en Israel cambió mi vida
- 9 nov 2023
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Ha pasado poco más de 30 días desde que nuestra realidad cambió abruptamente, de estar despierto gran parte de la noche porque pensaba que cualquier momento el kibutz donde vivía iba a ser el blanco de un ataque de los terroristas de Hamas

El tiempo en una situación de conflicto se hace de goma, los días se convierten en meses y los meses en años. El cuerpo siente el desgaste, y más aún cuando no dominas el idioma, hebreo, y dependes de la rapidez del traductor de Google para enterarte de cuan cerca está el peligro.
Ese “día histórico” lo tenemos tatuado en nuestras memorias, es casi seguro que hasta el último minuto de nuestras vidas recordaremos el 7 de octubre de 2023. Ese fue el día que a nuestra cotidianeidad se rompió. La dinámica del trabajo cambió, algunos compañeros fueron llamados a la reserva y nunca más los volví a ver. Mis hijos casi que no regresaron a la escuela, algunos de los padres de sus amiguitos decidieron que con una guerra de por medio sus hijos no estarían a salvo y no pudieron despedirse de ellos en los pocos días que hubo de clase después que comenzó el conflicto.
La tristeza se apoderó de todo el país. Ni que decir del miedo de que algunos de los terroristas que habían entrado desde Gaza pudiera repetir la matanza que hicieron durante las primeras horas de ese trágico shabat. A partir de ese día surgió un aire de desconfianza entre judíos y árabes, compañeros de trabajo y amigos que hasta el día anterior habían compartido muchas horas al día sentían el cambio en el ambiente.
La convivencia entre judíos, musulmanes y otras minorías en Israel contradice a los “nuevos expertos en temas de Medio Oriente” que hablan de apartheid, todo esto mientras se toman un frappuccino en un café hípster. El periodismo también hizo su trabajo, grande, por cierto, en fomentar ese desconocimiento. Por ejemplo, desde España, desde la comodidad del estudio de Cadena Ser, Ángeles Caballero y Àngels Barceló criticaban ferozmente la ofensiva israelí aduciendo que desde un inicio no había habido “proporcionalidad” entre el ataque de Hamas y el Ejército de Defensa israelí… lo sentimos, la violación de niños y mujeres no forma parte de la cultura del país, cosa que Hamas sí lo hizo.
Vivir en guerra te obliga a estar alerta, a si escuchas que la sirena de la app Tzeva Adom comienza a sonar sin control en tu celular tienes menos de un minuto para ir a un refugio para salvar tu vida y la de tus hijos. A los recientemente “graduados del máster de temas del conflicto entre Israel y Palestina” les molesta de sobre manera que esto ocurra, ellos se sentirían enormemente satisfechos que no existiera la “cúpula de hierro”, esa que intercepta los misiles disparados desde Gaza, Líbano o Yemen, y que mueran miles de israelíes para que el conflicto “sea equitativo para ambas partes”.
La reacción ante una guerra es muy personal y distinta, como tantas personas y familias existen. Hubo muchos que al día siguiente tomaron un avión y se fueron del país, otros dejaron pasar días y también se alejaron del conflicto. Hay casas que desde hace más se cerraron y no se han vuelto abrir y quizás no lo hagan más. Ni que decir de los que ya no tienen un hogar porque los misiles disparados desde el territorio donde “hay hambre y sed, pero sí rockets” las convirtieron en escombros. Otros, a los que felicito, decidieron quedarse a defender el país.
Otras de las consecuencias de este conflicto es el sufrimiento e incertidumbre de los familiares que viven fuera de Israel. Padres, madres, tíos y sobrinos nos pedían salir lo más pronto de un país en guerra. “Nosotros estamos muy al sur, entre las fronteras de Jordania y Egipto”, era nuestra respuesta para dar un poco de tranquilidad. Pero como propios y extraños aseguraban que nunca iba a pasar lo que hoy ocurre en Israel, las alertas de misiles también sonaron en el lejano lugar donde vivíamos.
Los cumpleaños, aniversarios de bodas y otras fechas conmemorativas fueron relegadas. Mis 46 años llegaron y fue un día como cualquier otro, en casa, escuchando las noticias y viendo qué lugar del país había sido el elegido para ser el destino de los misiles del día. La torta de chocolate preparada por mi esposa fue lo diferente del 29 de octubre que pasó.
Coincidentemente, ese día fue el que se concretó el operativo de nuestra salida de Israel. El viaje programado a la Argentina desde hace meses había sido pospuesto una vez más por Ethiopian Airlines y estábamos sin saber qué hacer. Nuestra única opción era volar en El Al, la aerolínea estatal israelí, a cualquier punto de Europa. La familia en Buenos Aires nos facilitó los pasajes a Barcelona, destino elegido porque un amigo de infancia vive allí y nos podía recibir en su casa.
A los pocos días, mi esposa y mis dos hijos volaron a Buenos Aires y yo me quedé en España, tratando de armar un nuevo proyecto de vida familiar. Es la tercera vez en mi vida que algo así: la primera cuando decidí dejar Lima e instalarme en la capital argentina, la segunda cuando nos fuimos a Israel y hoy me encuentro en la ciudad de Granada.
Duele dejar ir a la familia. Que terrible es ver llorar a tus hijos cuando están por pasar por el control de migraciones. Las videollamadas a diario hacen que la pena sea un poquito más llevadera. Nos fuimos de la guerra, pero eso no significa que nos hayamos olvidado de ella. Si bien la decisión de irnos de Israel estaba tomada desde hace un par de meses, esa no era la forma que nos imaginamos. Fuimos muy felices viviendo en el desierto, mis hijos ganaron calidad de vida en los casi dos años que estuvimos allí, un kibbutz es el lugar era ideal para que los niños crezcan jugando lejos de los peligros de las grandes ciudades.
Estoy agradecido por los mensajes de familia y amigos que recibimos en los 26 días que estuvimos viviendo en medio del conflicto, incluso de gente con la que no hablaba hacia muchos años. El apoyo de mi amigo de la niñez que está en Barcelona, y de mi amiga que vive en Granada, que conocí en el máster en periodismo que hice en Buenos Aires, es invalorable.
No soy ajeno ni indiferente al dolor de la gente que vive en Gaza y que también tuvo que dejar sus hogares, en condiciones totalmente distintas a las de mi familia, y que no saben cuál será su destino. Ojalá que cuando los terroristas de Hamas hayan sido eliminados, ellos puedan volver y sigan teniendo el apoyo de Israel: servicios públicos y salud gratuitos, y que los 30.000 gazatíes que trabajaban en Israel lo sigan haciendo como antes del conflicto. Sí, así es el apartheid de los que hoy tanto hablan los Che Guevara de teclado.



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