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De Rincón del Vago a ChatGPT: cómo cambió el arte de copiar en los exámenes

  • 15 dic 2025
  • 5 Min. de lectura

Obligado a volver a las aulas para regularizar mi situación migratoria en España, por estos días cumplo una exigente jornada de seis horas y media, de lunes a viernes. Mi oxidada maquinaria mental, castigada por el paso de los años, sufre al adaptarse a semejante rutina. Desde esta posición inesperada, me he convertido en testigo privilegiado de cómo las nuevas generaciones utilizan la tecnología para hacer algo tan antiguo como la educación misma: copiar.


Hace treinta años debuté en los claustros universitarios. Venía de terminar el secundario en un colegio que no destacaba por su nivel académico, pero que, a modo de compensación, te preparaba para el mundo real, ese que transcurre en la calle. Estudiaba lo justo y necesario. El verdadero problema apareció cuando ingresé a la universidad. La institución elegida para cursar Derecho era, por entonces, la segunda mejor del Perú. El salto fue tan abrupto como pasar de jugar en Platense —equipo argentino que regresó a Primera División en 2021 tras veintidós años— al Barcelona. Ahí entendí, sin anestesia, lo que realmente significaba estudiar.


En 1995, internet comenzaba tímidamente a masificarse y aún reinaban los clásicos papelitos que funcionaban como ayuda memoria: pequeños trozos de papel con fórmulas matemáticas o definiciones clave que sabías que aparecerían sin falta en Matemática Básica I, materia a la que siempre fui refractario, o en Cosmología, asignatura cuya relación con el Derecho jamás logré descifrar.


Ya instalado en la facultad, y con internet ganando terreno, apareció una web llamada Rincón del Vago. Los interminables días de investigación en la biblioteca de cuatro pisos se redujeron a un par de horas frente a la computadora para resolver monografías y trabajos prácticos. La universidad, al advertir esta nueva maniobra de los estudiantes —ansiosos por alivianar la carga académica y entregarse al ocio, que era excesivo en aquellos años—, decidió bloquear el acceso a esas páginas. El pabellón W, donde se alojaban las computadoras más modernas, quedó casi desierto tras la medida.


Después de arduas negociaciones, logré convencer a mi padre de que mi futuro profesional dependía de tener internet en casa. Al principio se negó con firmeza, pero finalmente cedió. Sitios como Rincón del Vago comenzaron a multiplicarse: Monografías.com, El Rincón del Estudiante, Apuntes.net. Los profesores más jóvenes sabían que los alumnos recurrían a estas webs rudimentarias —muy lejanas a las actuales—, mientras que los catedráticos más veteranos ignoraban que algunos de sus estudiantes más aplicados ya utilizaban estas nuevas herramientas.


Aquellas enormes CPU, con procesadores Pentium II, discos duros de 6 GB y apenas 32 MB de RAM, desprendían calor tras horas de uso. No era un detalle menor la conexión a internet mediante tarjeta fax módem: conectarse implicaba dejar inutilizada la línea fija del hogar. En una época en la que llamar a un celular resultaba mucho más caro que hacerlo a un teléfono fijo, los conflictos eran inevitables. En mi casa, con dos hijos adolescentes disputándose el acceso al ciberespacio, la línea libre era una rareza.


En el año 2000, mi padre se fue a trabajar a Timor Oriental, un pequeño país de Oceanía. Si llamar al fijo desde allí era costoso, hacerlo a un celular era directamente prohibitivo. Estoy seguro de que pasó horas intentando comunicarse con nosotros, mientras yo me perdía feliz en LatinChat y descargaba música en Napster. Un día apareció un número interminable en la pantalla de mi celular LG. Atendí. Era él. No hubo saludo:—Salgan ya de internet, llevo horas tratando de comunicarme a casa —gritó.


Hoy, con la perspectiva que da el tiempo, recuerdo todo el esfuerzo que implicaba facilitar las tareas universitarias y entiendo que nada era simple. En lo personal, recurría a esas webs apenas como orientación, como punto de partida, para luego completar los trabajos con los añejos libros de Derecho de la biblioteca universitaria.


El presente


Como señalé al comienzo, forzado a regularizar mi situación migratoria en España —nota mental: Extranjería aún no responde—, volví a las aulas. No a las universitarias, pero sí a una formación profesional que, en la práctica, cumple un rol equivalente.


Tras años dedicados al Derecho y al periodismo, y empujado por mi afinidad con las computadoras —ordenadores, aquí—, me aventuré en el mundo de la programación. El paso del tiempo no es indulgente y mi cerebro oxidado acusa la exigencia diaria. Tengo claro que esta etapa es un medio para obtener el permiso de trabajo; escribir siempre fue mi ocupación principal. Por eso, aunque me esfuerzo, hay aspectos de la programación que me resultan especialmente cuesta arriba.


Hoy, el rockstar del copiado y el plagio se llama ChatGPT. Las formas de obtener “ayuda” son variadas: desde alternar ventanas con Alt + Tab hasta fotografiar el ejercicio con el móvil y subirlo a una aplicación de inteligencia artificial. Esta última opción no siempre es fiable. Un compañero la utilizó convencido de haber resuelto correctamente un examen sorpresa y terminó descubriendo que la IA había interpretado la consigna de otro modo.


A la inteligencia artificial hay que explicarle el nivel de quien consulta. Ocurrió en un examen de Lenguaje de Marcas: el profesor, que puede ver en tiempo real lo que los alumnos escriben en sus ordenadores, lanzó de pronto:

Pedro, qué bien que ya sabes CSS. El alumno lo negó.

Entonces no copies el código tal cual te aparece en ChatGPT —remató el profesor.

La carcajada fue general.


El futuro del ayer fue internet. ¿El del presente es la inteligencia artificial?


En mi época universitaria, consultar internet estaba mal visto; lo correcto era recurrir a libros y enciclopedias. Años después, durante la maestría, la red se volvió indispensable y las ediciones digitales de los diarios comenzaron a disputarle espacio al papel. Sin embargo, este no ha desaparecido: en los bares de Granada todavía veo octogenarios leer el Marca mientras acompañan el café con un botellín de cerveza.


En programación, hoy los profesores prohíben el uso de IA para escribir código. La favorita entre los alumnos es Claude, por su cercanía a lo que uno espera obtener. No conozco a ningún compañero que no haya recurrido a estas herramientas para algún trabajo. En los exámenes, el acceso a internet se bloquea; Python y PSeInt funcionan sin conexión, así que hay que tener muy buena memoria para “picar”, como se dice en el argot, líneas de código.


Por ahora, siempre es necesario revisar lo que se escribe para que el programa haga exactamente lo que uno quiere. Tal vez dentro de unos años la tarea de los estudiantes del futuro se limite a verificar lo que produzca la inteligencia artificial.


En mi vida cotidiana, fuera del ámbito académico, cada vez utilizo más la IA en lugar de Google. Tal vez el querido Chrome termine corriendo la misma suerte que los buscadores de los noventa, como el desaparecido Altavista o el casi olvidado Yahoo. La respuesta, como siempre, la tendrá la próxima generación.


P. D.: Sí, la imagen de este texto también fue generada por inteligencia artificial. 😂😂😂



 
 
 

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