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Despidos masivos de periodistas y comunicadores, un clásico argentino de un año electoral

  • 19 abr 2023
  • 4 Min. de lectura

En el transcurso de una semana, amigos y personas con las que tuve trato por temas laborales perdieron su trabajo. Las causas no fueron las mismas, pero la resultante sí: no tener laburo en un año donde se define el destino de la Argentina para los próximos cuatro años.



“En este país si no caíste en un despido masivo, como mínimo, fracasaste como periodista”, me dijo un amigo muy cercano con el que comentaba la poco ética comunicación de la desvinculación de medio centenar de periodistas del diario Clarín (Argentina).


Casualmente, hacía tan solo tres días atrás había hablado con este amigo sobre el mismo tema al enterarme de que Gracenote, una transnacional en la que trabajé hace unos ocho años, cerraba sus operaciones en la Argentina y se quedaban casi un centenar de personas en la calle. “Se van a México. Así como cuando nos echaron de MSN”, me contó una excompañera que en su haber laboral tiene el desafortunado récord de su tercer despido en masa.


Durante los 17 años que viví en Argentina, la ola del desempleo me alcanzó en dos veces. Ambas tuvieron el condimento de que llegaron en momentos muy difíciles de mi vida; el primero cuando mi esposa estaba embarazada de mi hijo Pedro, y el segundo, a un par de días de comenzar la “eterna” cuarentena argentina del COVID19.


Mucha gente hace hincapié en la forma, en el modo de comunicar la ingrata novedad. Me cuentan que en Gracenote la noticia llegó por medio de una videollamada grupal con el área de recursos humanos de casa matriz, en USA. En el caso de los periodistas de Clarín, la ausencia de tacto para enfrentar estas situaciones ya es una marca registrada del multimedio, tan igual que en el 2019, fue a través de un frío correo electrónico y acto seguido, el bloqueo de sus casillas de mail. Como hace cuatro años, el local del autodenominado “El gran diario argentino” puso vallas en los accesos e impidió que los recién despedidos puedan buscar sus pertenencias.


Lo “positivo” de ambos casos es que, al tener una relación de dependencia con las empresas, las indemnizaciones están aseguradas. Eso sí, tienen que apurarse en cobrarlas y cambiarlas a dólares. Cuando comencé a escribir este texto, el precio del dólar estaba en 408 y según veo en un canal de noticias, la divisa norteamericana trepó a 420.


La última vez que fui actor activo de un despido masivo fue en marzo de 2020. Con el cambio de gobierno nacional, léase el retorno del peronismo al poder luego de cuatro años de macrismo, el ministerio del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires donde trabajé durante cuatro años fue degradado a Secretaría, debido a que ya no iba a recibir los mismos fondos que antes. La cuerda se rompió por la parte más débil, el área de prensa y comunicación desaparecía: los que eran de planta fueron reubicados en otras dependencias, los monotributistas (oh, sorpresa, hay relaciones laborales encubiertas) salimos eyectados y a los más viejos los invitaron a jubilarse. Nos costó bastante esfuerzo que el Secretario, con el que yo había trabajado codo a codo durante varios meses, nos reconozca, a dos compañeros y a mí, tres meses de sueldo a manera de indemnización. Eso sí, la jefa de gabinete de este funcionario amante del rugby intentó que, como forma de contraprestación, nosotros vayamos sin protección alguna a los hoteles del Gobierno donde estaban los turistas que llegaban infectados de COVID del extranjero. Felizmente, todo quedó en un vano intento.


En esos momentos uno descubre quiénes son verdaderamente las personas con las que trabajaste. Recuerdo que muchos integrantes de la disuelta área, de los que quedaron trabajando en el Gobierno, armaron un grupo de Whatsapp y nos ofrecieron su ayuda: rotar nuestros currículums, avisarnos de ofertas laborales, hacer una junta de dinero e incluso hablar con el Secretario para que revea nuestra situación. Fue muy gracioso ver que algunos se iban del grupo ante la propuesta de confrontar a la nueva autoridad. Meses después retorné al Gobierno, ya en otro ministerio, y esos que abandonaron el grupo bajaban la mirada cuando te las encontrabas cara a cara.


Imagino que a los colegas desempleados de Clarín hoy les está pasando lo mismo, eso de no encontrar el apoyo o una pequeña señal por parte de sus excompañeros. En Twitter, solo vi una mención del tema por parte de un periodista que tuvo la suerte de no caer en esa ola de despidos. En TN, el canal de noticias del multimedio, todos actúan como si nada pasara, los conductores y los meteorólogos ríen y hacen bromas; en sus redes sociales, las caras de los programas políticos siguen posando y sonriendo con una enorme tranquilidad. Con los años en el mundo de la comunicación aprendí que lo único seguro es que no hay nada seguro.


No voy a hacer referencia a los movimientos y asociaciones que aprovecharon este tema para lograr tener un poco de visibilidad y alzaron su voz de protesta. En su gran mayoría están relacionados con el poder de turno y ya me sé de memoria lo de “vamos a acompañar a los compañeros hasta las últimas consecuencias”. Ese apoyo se va diluyendo con el pasar de los días.


Algunas voces ajenas a este bastardeado oficio en las redes sociales escriben que lo ocurrido es algo que les pasa a todos los laburantes, que así son las leyes del mercado. Sí, tienen toda la razón del mundo, pero hay algo llamado empatía… y también está la opción de no escribir absolutamente nada y con eso tan simple hacer un poquito más ligera la carga.


 
 
 

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