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El termómetro de la economía argentina un lunes por la madrugada

  • 15 nov 2024
  • 4 Min. de lectura

No suelo salir un domingo de casa, pero el afán de conseguir un trabajo con horario e ingreso fijo me hizo reunir las fuerzas necesarias para reunirme con un amigo y conversar sobre una propuesta laboral. De regreso a casa, tuve una esclarecedora charla con el chofer de un taxi.



Un emblema de Buenos Aires es la feria de los domingos en San Telmo. Después de regresar a Argentina, tras vivir dos años entre Israel y España, vi cómo ese lugar tan significativo de la cultura porteña iba relegando los lugares tradicionales para dar paso a locales más “palermitanos” y a cadenas de comida.


Caminar por esas calles adoquinadas ha perdido la gracia que tenía en 2006, cuando llegué a vivir al barrio de Monserrat. La feria ya no tiene la extensión que solía tener hasta hace un par de años. Hoy se limita desde la Plaza de Mayo hasta la avenida Independencia, para luego retomar tímidamente en la Plaza Dorrego. Todo cambió.


Se merece un párrafo especial la transformación que sufrió el Mercado de San Telmo. Ya no queda casi nada de ese lugar donde se solían vender antigüedades; hoy es más parecido al Mercado de San Miguel de Madrid, con muchos locales gastronómicos cool que se alejan de la gastronomía tradicional porteña.


Es por eso que elegí uno de los pocos locales sobrevivientes del viejo San Telmo para lo que sería una reunión atípica de trabajo. La pizzería Mi Tío fue la elegida para encontrarme con un amigo y que me contara más sobre una propuesta laboral.


El cielo porteño estaba cubierto de nubes cargadas, y el pronóstico anunciaba lluvias para la tarde-noche. El agua llegó con bastante anticipación mientras miraba el partido entre River Plate y Barracas Central.


La lluvia continuaba, y el partido terminó con una contundente victoria para el equipo millonario. El tradicional bar estaba casi lleno; ya era casi la hora de la cena. Mi amigo Renzo llegó, y mientras editábamos algunos ítems de mi currículo, pedimos una cerveza y un par de empanadas mientras debatíamos qué destacar en mi hoja de vida.


“Listo, Luchito. Terminamos”, me dijo mi amigo. Como se ofreció a pagar muy amablemente la cuenta del bar, le propuse invitarle una cerveza más. Nos dirigimos a un quiosco y compramos un par de cervezas en lata. Acto seguido, caminamos por una de las calles de San Telmo, barrio donde él vive.


Estábamos transitando por esas calles de veredas estrechas cuando entramos a un negocio de cueros que tenía el cartel de “Cerrado”. Mi amigo conocía al propietario del lugar y nos hizo pasar. Luego de unos minutos, estábamos bebiendo cerveza y vino y conversando sobre cómo René, un alemán que vive hace 23 años en Buenos Aires, logró adaptarse al estilo de vida porteño.


Pasada la medianoche, les dije a mis compañeros de charla que había llegado el momento de partir. Haciendo caso omiso a sus insistentes pedidos de quedarme un rato más, les dije que tenía que irme. Salí del local del alemán rumbo a la parada del colectivo. La lluvia era copiosa y no podía caminar por las calles. Vi que uno de los restaurantes cerca de la parada del 24 estaba repleto de gente, mientras me resguardaba de la lluvia bajo un pequeño reparo.


No tenía ganas de esperar el colectivo, así que me subí al primer taxi disponible. “A la esquina de Scalabrini Ortiz y Corrientes, por favor”, le dije al chofer. Al parecer, el amable conductor tenía ganas de conversar. Me preguntó de dónde venía y le conté a grandes rasgos que había estado en la peletería del amigo de un amigo.


La lluvia golpeaba con fuerza en el auto. Le confesé al conductor que, de no ser por el agua, habría preferido ir en colectivo hasta casa. “Sí, es caro viajar en taxi”, me respondió el chofer, que parecía llevar muchos años al volante.


No suelo conversar mucho con los taxistas, pero luego del encuentro con el peletero alemán, que me dejó con muchas anécdotas sobre su vida en Buenos Aires, me animé a seguir la charla con el conductor. Circulábamos por la avenida Independencia y cruzamos la Avenida 9 de Julio, desolada a esas horas.


“Las noches de lluvia son buenas para los taxistas, porque nadie quiere mojarse... y también para evitar robos”, me dijo mientras de fondo sonaba una radio AM que transmitía noticias sin parar. “¿A pesar del incremento del 50%?”, le pregunté. “Ese aumento... nunca había visto subir la tarifa tan rápido. Eso nos mató”, confesó mientras giraba hacia la Avenida La Plata.


De pronto, me dijo una frase que superaría a todas las del alemán peletero: “Nunca antes había pasado una época como esta. Ojalá que este sacrificio valga la pena”. Recordé una nota que leí en Infobae, que decía que la reactivación ya se sentía con fuerza en el interior. Días atrás, el 1 de noviembre, aumentaron la luz, el gas, el agua y la nafta.


A la altura del Parque Centenario, cuando la lluvia había amainado y mi viaje estaba por terminar, me dijo que el taxi dejó de ser negocio para el dueño y el chofer. “Le tengo que pagar unos 80 mil pesos diarios al propietario del auto, aparte de los 15 mil que gasto en nafta. Para que me rinda, tengo que estar entre 14 y 16 horas al día arriba del taxi”, me explicó.


Habíamos llegado a la esquina donde debía bajar. Le pagué el viaje y le agradecí por la conversación. “El taxi tiene los días contados; las aplicaciones son el futuro. Cuídese”, me dijo al cerrar la puerta.


La lluvia volvía a ser persistente. En la pizzería Imperio aún había comensales; al parecer, hay quienes aprovechan hasta el último minuto del fin de semana, y tal vez un poco más. Miré mi reloj, vi que era la una de la mañana y pensé que me había perdido Pasión por el Fútbol, con el resumen de la última fecha del campeonato.


Seguimos siendo el país de la esperanza. Al igual que el taxista, yo también espero que esta vez sea distinta a las anteriores.

 
 
 

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