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El viejo fantasma del terrorismo volvió a mi vida

  • 12 may 2023
  • 3 Min. de lectura

Mi niñez y mi adolescencia en Perú estuvieron marcadas con las acciones sanguinarias de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA). Treinta años después, en Israel, Hamas y la Yihad Islámica con sus misiles hacen que despierten esos viejos temores.


Ser hijo de un piloto de helicópteros del Ejército Peruano me curtió la piel sobre el tema de pérdidas cercanas. Desde chico supe de muy primera mano cómo era la muerte, cómo era que el vecino, que era también piloto como mi papá, falleciera a manos de los seguidores del autodenominado presidente Gonzalo, el líder de Sendero Luminoso. A esa temprana edad, sabía que lo que llegaba a los medios y que era lo que había ocurrido en realidad, todo esto con el fin de que familia no se entere de la manera cruenta en que había muerto el oficial en servicio.

A esa temprana edad, también veía los recaudos que tomaba mi padre para evitar ser blanco de los terroristas: salir de madrugada hacia la base aérea del Callao, dejarse el pelo largo y la barba para no ser reconocido como militar cuando iba a las zonas dominadas por el narcoterrorismo, y otras tantas estrategias más de camuflaje y seguridad. Soy de la generación que ponía en sus ventanas cinta de embalaje transparente para que el estallido de un coche bomba no haga volar los vidrios y te pueda causar más daño.


Afortunadamente, durante el primer quinquenio de los 90, los cabecillas de Sendero Luminoso y el MRTA fueron capturados y su poder de acción se vio disminuido y lo que hoy quedan son pequeñas facciones que aún operan en la selva peruana. Algunos de sus miembros incursionaron en la actividad política, pero esa es otra historia.


Treinta años después

Desde hace un año y medio vivo en Israel, al sur, pero no al sur del que hablan las noticias que informan de los ataques de los últimos cuatro días, sino en el extremo sur, en el desierto que está entre Egipto y Jordania. La casualidad quiso que llegará a esa parte alejada del país, el plan original era llegar a vivir a un kibutz llamado Ein Hashlosha, a tan solo 4 kilómetros de la zona de Gaza, hoy los habitantes de esas zonas se encuentran fuera de sus hogares y muchos están refugiados en el área donde hoy vivo junto a mi familia.


Desde el martes de esta semana, Israel es blanco de ataques con cohetes desde la zona de la Franja de Gaza, los cuales se intensificaron tras la muerte de tres altos comandantes del grupo terrorista de la Yihad Islámica, los cuales fueron los responsables de las primeras agresiones desde el territorio perteneciente a la Autoridad Palestina. Desde ese día, las sirenas que alertan de la llegada de un cohete no han dejado de sonar en la parte sur y centro de Israel.


Si bien estoy a 150 kilómetros de los lugares hacia donde están dirigidos los misiles, muchos de los cuales son interceptados por la cúpula de hierro, esto no deja de preocuparme y más cuando pienso en el futuro. Todos los jóvenes de este país, al terminar a etapa escolar, tienen que ir al servicio militar obligatorio. No, el riesgo no es solo cuando hay este tipo de escaladas bélicas con Hamas y la Yihad Islámica, sino que también tienen que cuidarse las espaldas cuando están en la calle. Otro de los modus operandi del terrorismo es el de los llamados lobos solitarios, son chicos muy jóvenes que deciden atacar en la calle de las ciudades a los soldados que se encuentran en las paradas de colectivos, por ejemplo.


Tengo dos hijos de 7 y 8 años y en momentos como estos no dejo de pensar que, en menos de diez años, ellos pueden estar en una de esas misiones. Algunas compañeras de trabajo de mi esposa le comentaron esta semana que cuando los chicos se encuentran en el frente de batalla no pueden comunicarse con sus familias durante el tiempo que dura la operación. Esto ya lo viví como hijo, en ese tiempo que no había celulares y me tenía que enterar que mi padre seguía con vida por un comunicación por radio; no me quiero imaginar lo que se debe sentir como padre al llamar a un hijo y que este no responda, ya sea porque esta en una misión o porque lo hirieron, como decía mi viejo cuando estaba en actividad, en el “cumplimiento del deber”.



 
 
 

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