Ese momento en el que te das cuenta de que tus hijos ya crecieron
- 6 feb 2023
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Hace unos días, mis dos hijos de 6 y 7 años dieron un gran paso, uno de esos que indican que necesitan cada vez menos de papá y mamá. Este logro, que en una ciudad grande hubiera tomado más tiempo, es parte de la experiencia de haber emigrado.

Hace un año y medio, cuando aún estábamos en Buenos Aires en las instancias finales de nuestro viaje a Israel, nuestra mayor preocupación era el aprendizaje del idioma, esto visto desde la perspectiva de un adulto. “No se preocupen por Luca y Pedro, ellos son unas esponjas”, nos repetían nuestros amigos y familiares. A pesar de mis serias dudas, el tiempo nos dio la razón y el rápido aprendizaje de ellos no solo fue del hebreo, sino también de la forma de encarar una nueva vida en un kibutz en el desierto, en medio de la nada.
Mi trabajo me exige que cumpla con horarios rotativos y cuando me asignan el turno de mañana, desde las 5 hasta las 13 horas, salgo de casa cuando todos están aún durmiendo. Las cosas se complicaron cuando Valeria, mi esposa, comenzó a trabajar desde las 7 de la mañana y no había con quien se quedara con los chicos hasta las 7.15, hora en que recién pueden ir a reunirse con sus otros compañeros para ir a la parada del autobús.
En un primer momento podía aprovechar la media hora de mi desayuno para volver del trabajo y estar con ellos hasta que se pudieran ir de casa; en la última semana, mi carga laboral impidió que pueda “escaparme” y estar con ellos hasta el momento de reunirse con el resto de los chicos.
“Van a estar solos unos minutos y cuando los llame, pueden salir a encontrase con los amiguitos para ir a tomar el autobús”, dijo Vale de manera dubitativa. La verdad es que yo esperaba una negativa rotunda, sobre todo de Luca, quien se había quedado con un mal recuerdo de una vez que en Buenos Aires Vale los había dejado solos un par de minutos para ir a pasear al perro, y cuando volvió lo encontró en un mar de lágrimas mientras Pedrito, el menor, lo miraba y trataba de calmarlo.
Sabe Dios que habrá sido, tal vez el saber que los chicos de su edad y algunos más pequeños pasaban por la misma situación sin la presencia de sus padres, hizo que decidieran que ellos también podían hacer lo mismo de manera impecable. El primer día que lograron esta pequeña, pero importante hazaña me di cuenta de que algo había cambiado, que ya no eran más los niñitos que necesitaban ir de la mano de papá y mamá. Ya habían crecido.
Me sentí muy orgulloso de esto, pero también sentí algo de pena porque se van alejando de esa etapa de la que necesitan estar bajo el ala protectora de sus padres. Por eso trato de disfrutar de esas cosas que dejan de hacer cuando crecen: ver televisión juntos, que te llamen de noche para que les agarres la manito o que te pidan ayuda porque aún no saben atarse loa cordones de los zapatos.
El haber tomado la decisión de quedarse solos en casa no hubiera ocurrido en el corto plazo en Buenos Aires, ni el caminar a la parada del autobús solos o algo tan simple como jugar en la plaza sin la supervisión de los padres. Acá en “el sur, sur de Israel” no existen esos peligros de las grandes capitales, acá los peligros son otros y casi siempre llegan con aviso de por medio.



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