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Están ahí, pero no los ves

  • 8 abr 2024
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 8 abr 2024

En la Argentina de hoy, salir por las noches se convirtió en una actividad de riesgo. Hace exactamente ocho días que llegué a Buenos Aires desde Granada, España. El último sábado, luego de cenar y tomarme unos tragos con amigos en unos bares del Abasto, me dirigí a la parada del 106 en la concurrida avenida Córdoba, lugar donde un motochorro intentó robarme el celular.



Cuando llegué a vivir a Granada, muchas de las personas veían con cierta curiosidad la especie de paranoia que tenía cuando salía a la calle.  Los primeros días, al caminar por las calles de la ciudad nazarí siempre iba con mi mochila adelante y si me sentaba a tomar una “caña” en un bar, mis cosas las tenía siempre a la vista y, si era posible, encima de la mesa. Los "granainos" miraban con extrañeza ese comportamiento. Yo les explicaba que había vivido en Buenos Aires durante 16 años y que allá el tema de la inseguridad estaba desbordado, que los chorros (delincuentes) tenían las técnicas más avanzadas de robo y hurto, incluso aquellas en las que no te dabas cuenta hasta varios minutos de ocurrido el ilícito. Con el paso de los días de mi estancia en Granada, de cinco meses, fui relajando es actitud constante de alerta.


Hace ocho días volví a Buenos Aires, fueron dos años y medio lejos de la capital argentina. Como es normal en estos casos, los reencuentros con los amigos no se hicieron esperar. El último sábado, retomé algo que me era muy querido y entrañable: el fútbol de los fines de semana. Hacía seis meses que no practicaba este depoprte y mi cuerpo sintió la falta de actividad física. Aún así, no iba a faltar a una cena con otro grupo de amigos, era algo que no podía cancelar.


Luego del respectivo baño y de hacer un gran esfuerzo para movilizarme debido al terrible dolor de cuerpo post partido, me encontré con mis amigos en un restaurante peruano. El sabor de los platos de mi niñez y adolescencia hicieron que comiera con gran avidez mientras les contaba cómo había sido mi vida durante el tiempo que viví en Israel y España. Luego de comer grandes cantidades de ceviche, arroz con mariscos y cervezas decidimos ir a la zona del Abasto, los bares de la calle Guardia Vieja fueron los elegidos para alargar la noche otoñal porteña.


Yo desde antes tenía pensado en que sería una velada tranquila, de esas que a las dos de la mañana estás en casa, pero ponernos al día de nuestras respectivas vidas hizo que prácticamente cerráramos el bar que está muy cerca de uno de los centros comerciales más importante de Capital Federal.


Tres de mis amigos decidieron que la noche podía extenderse, pero yo no estaba con muchas ganas de semejante trajín. Por ese motivo, me despedí de ellos y me dirigí a la Avenida Córdoba esquina con Billinghurst, parada del colectivo 106, ese que durante años me dejaba a pocos metros de mi casa en el barrio de Villa Crespo.


Cuando caminaba las cuatro cuadras que me separaban del lugar donde tenía que tomar el transporte público, pensaba que tal vez estaba exagerando con el tema de los robos en la vía pública, que el exceso de noticias de Argentina que veía desde España había hecho que exagere el tema de la inseguridad ciudadana y que Buenos Aires seguía siendo la misma ciudad que había dejado en 2021.


La avenida Córdoba era más o menos la misma que la recordaba un domingo por la madrugaba, es decir, mucha gente caminando, filas de chicos en los bares y gente que esperaba a los colectivos en las paradas. Nada nuevo.


Cuando llegué a la avenida vi que estaba iluminada y que los autos circulaban constantemente. Un 106 se había detenido a una cuadra antes de donde estaba y al ver eso corrí para intentar subirme y no tener que esperar otro. El chofer me miró y aceleró, y no me quedó otra opción que acercarme resignado a la parada.


Usar la tecnología para ver cuándo llegaba el otra unidad es algo que hacía en Israel y España, ¿por qué no podría hacerlo en Argentina? Confiando en que mi Buenos Aires querido seguía siendo aquella ciudad que me acogió cuando me mudé en el 2006, saqué mi celular para ver a qué hora llegaba el próximo autobús.


Ese fue mi gran error de la madrugaba. Yo que siempre ando atento a las motos, esta vez no me di cuenta de que uno de esos vehículos había invadido el carril de los colectivos, dio la vuelta intempestivamente e intentó arrancarme el celular de la mano. Mi reacción fue lanzar un sonoro: “La concha de tu hermana, pelotudo”, mientras agarraba mi teléfono con todas las fuerzas.


El delincuente no pudo lograr su objetivo, pero mi ánimo de venganza pudo más y empecé a perseguirlo durante dos cuadras. El motorizado iba a contramano a toda velocidad por la avenida, y en carril exclusivo de autobuses, hasta que desapareció en una de las intersecciones.


Cansado, y con las piernas doloridas por el partido del sábado por la tarde, volví caminando hasta la parada del 106. Unos chicos se ofrecieron a acompañarme a realizar la denuncia del intento de robo, pero les dije que estaba todo bien, que el celular lo tenía conmigo. Ellos subieron a otro autobús y yo me quedé esperando el 106. “Che, el de la moto por ahí estaba armado y te pudo disparar cuando vio que lo perseguías”, me dijo una pareja que estaba sentada en la parada de autobús. Era cierto, no había reparado en eso, pero la adrenalina del momento no te hace pensar aquello. Luego nos pusimos a conversar de la inseguridad, de lo mal que está todo en el país, etc.


Diez minutos después llegó mi colectivo y subí para irme a mi casa. Era el 106 de toda la vida, con gente que había salido un sábado por la noche a pasarla bien. Me senté y miraba con bronca la ciudad, Buenos Aires se había convertido en un lugar de locos y nadie, me incluyo, había hecho nada para que esto no pase, permitimos que gradualmente se deteriore todo.


Seguro que en los próximos días voy a escuchar el “por lo menos no te lo robaron” como un consuelo. ¿Esa es la solución a todo lo que nos pasa? ¿La desgracia con suerte?

Me dejó pensando una frase de la pareja que estaba en la parada del 106: “Al final nadie va a quedar acá”. Ojalá que eso no ocurra, de lo que sí estoy seguro es que "los que están ahí, pero no ves", esos mismos que el personaje de Marcos (Ricardo Darín) describe a Juan (Gastón Pauls) en la película Nueve Reinas van a estar un largo rato por acá.




 
 
 

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