Guerra en Israel: aquella decisión que hizo que no estuviera en ese lugar, en ese momento
- 14 oct 2023
- 5 Min. de lectura
La decisión familiar de venir a vivir a Medio Oriente la tomamos en marzo de 2021, cuando a días de comenzar la cuarentena por la pandemia del COVID fui despedido de mi trabajo. En septiembre del mismo año, un viaje a Perú hizo que cambiara el kibutz al cual teníamos que llegar.

Mudarse de país no es nada fácil, es algo que hice dos veces en mi vida… y contando. Cuando esto se hace solo, no reviste mayor complicación, pero cuando lo haces con la familia ahí hay muchos factores para tener en cuenta. Una de las consecuencias más dolorosas es que mis pequeños hijos dejen a sus amiguitos.
El proceso de Aliah, como se llama cuando un judío emigra a Israel, es largo; te piden muchos documentos familiares para acreditar tal condición. La recolección de papeles la iniciamos con mi esposa, ella judía, en marzo de 2021, a pocos días de que el presidente argentino Alberto Fernández dictará una cuarentena que se hizo eterna.
Con una pandemia de por medio, el proceso se dilató aún más. Como era de suponer, muchos argentinos también habían tomado la misma decisión. La de nosotros fue porque los dos en ese momento nos encontrábamos desempleados. Mi esposa, graduada de Relaciones del Trabajo de la UBA, había sido una de las víctimas del cambio de gobierno nacional. Con el retorno del peronismo al poder, ella había sido despedida en diciembre del 2020 por haber pertenecido a la gestión macrista. Mi suerte fue la misma, pero en el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, dos meses después de ella. El extinto Ministerio de Desarrollo Urbano de la ciudad fue desactivado porque ya no recibiría fondos nacionales para realizar obras. Como es normal en la Argentina, a pesar de haber trabajado varios años en instituciones públicas ambos éramos monotributistas.
Con ese sombrío panorama, decidimos que nuestro destino estaba lejos de nuestro querido Banfield, Buenos Aires. Con la ayuda de familiares y trabajos freelance transitamos lo mejor que pudimos la pandemia. A mitad de año, ya ambos teníamos trabajos, pero la decisión de irnos estaba tomada. La crisis económica y la creciente inseguridad ciudadana nos animaba aún más a dejar el país.
Luego de meses de papeles, documentos, fechas y entrevistas, el trámite de Aliah estaba en las instancias finales. Había llegado el momento de elegir el lugar donde vivir, queríamos ir al norte a una ciudad llamada Nahariya, pero no dijeron que en este momento ahí no había lugares para nuevos migrantes. La persona encargada de nuestro trámite nos preguntó si habíamos pensado en vivir en un kibutz. “Es un lugar ideal para los niños pequeños, crecen en un ambiente libre de los peligros de las ciudades”, nos dijo.
Durante varios días buscamos en Google cómo era vivir en un lugar así. Se veía como de ensueño, mucho verde, animales y chicos jugando. En Argentina mis hijos vivían en un PH y jugaban en la terraza o en el pasillo, salir a jugar a la calle era un imposible. Luego de unos días de pensar la propuesta, aceptamos la sugerencia. “Perfecto! Tenemos uno no tan lejos del centro y en el hay muchos argentinos. Se llama Ein Hashlosha”.
Como toda persona el mundo, recurrimos a San Google a buscar información sobre el lugar. Las fotos eran muy lindas, casitas de campo, chicos alegres con muchas vacas, algo soñado para nuestros chicos. Sin embargo, algo me hizo mucho ruido: estaba muy cerca de la Franja de Gaza. En el buscador ingresé el nombre del lugar y la palabra “misiles” y no aparecía nada. Días después nos dieron el contacto de dos mujeres que administraban el Ein Hashlosha; nos contaron de las virtudes del lugar, de la escuela a la que iban a ir los chicos. Cuando llegó el momento de las preguntas, yo formulé la que era obvia: “Al estar tan cerca de Gaza, ¿cómo es el tema de los misiles y el terrorismo?”, les dije. La respuesta fue una que escuché esta semana en la televisión: “Los ataques siempre son a ciudades grandes, ellos buscan hacer la mayor cantidad de daño posible y por ese motivo los kibbutzim (plural de kibutz) no son su objetivo”. Su respuesta tenía bastante lógica. En las ciudades llenas de gente, un misil haría mucho más daño que en una pequeña aldea en la cual viven menos de 1000 personas. Mi preocupación se disipó y seguimos adelante con el plan de irnos a vivir ahí.
Eran épocas pandémicas. En Argentina, las restricciones para entrar y salir del país iban y venían, a diferencia del resto del mundo que las fronteras se iban abriendo para el libre tránsito, incluyendo el turismo foráneo, con los cuidados pertinentes. “Tengo que ir a Lima a despedirme de mis papás”, le dije a mi esposa a mediados de julio de 2021. Ella me pidió evaluar realizar el viaje, dado que ya estábamos muy cerca de la fecha para partir a Israel. “No sé cuándo los volveré a ver, y ahora ya no estaré a tan solo cuatro horas en avión”, le dije.
Y así fue. A fines de agosto, hice un viaje sorpresa a Lima para decirles hasta luego a mis padres. Fueron dos lindas semanas, en las que compartí mucho tiempo con ellos y con los amigos de la niñez. Pero hubo un problema. Por un pequeño aumento en los casos de contagios del COVID 19, las autoridades argentinas habían decidido restringir algunos vuelos del extranjero. Tal como sucede hoy en Israel con la guerra, en ese momento las low cost fueron las primeras en desprogramar los viajes con destino a Buenos Aires.
Los días pasaban y SKY, la aerolínea chilena con la cual viajé no reprogramaba los vuelos. Desde Lima me contactaba una y otra vez y era en vano. Se acercaba el cumpleaños de mi hijo menor. En una de las llamadas, mi esposa me contó que el pequeñito le había preguntado: “¿Papá nos abandonó?”. Eso hizo que yo armara todo un operativo que incluyó una travesía por aire, tierra y agua para llegar a Buenos Aires el 12 se septiembre.
El objetivo a corto plaza estaba hecho. La carita de felicidad de mi pequeña valía todo un largo trayecto que había involucrado pasar por tres países en el lapso de 24 horas. Sin embargo, con los tiempos muy al límite, desde Israel nos comunicaron que habían decidido que nuestro viaje programado para fines de septiembre no se lleve a cabo, es pocas palabras, ya no íbamos a vivir en Ein Hashlosha. Es más, con mi ingreso irregular a la Argentina, tenía que demostrar que podía entrar y salir del país sin problemas. Dos semanas más tarde, viajé a Colonia, Uruguay, y pude entrar y salir de Argentina sin problemas. “Sos un argentino que entró a su país, no hay falta ni delito”, me dijo un funcionario de migraciones cuando le conté mi travesía.
No voy a negar que mi enojo en ese momento fue grande con el gobierno argentina por haber cerrado los aeropuertos y que por esa decisión yo no había llegado a tiempo para poder cumplir con el plan original. Pasó un mes y medio y nos dieron una nueva fecha de viaje y un nuevo destino: 22 de diciembre de 2021, kibbutz Elifaz, a minutos del Mar Rojo, y entre las fronteras de Jordania y Egipto. El formato del lugar era el mismo, pero sin nada de vegetación y mucho, pero mucho desierto.
Un poco más de dos años después, y luego de ver el desastre que ocurrió en los kibbutzim de Be'eri, Kfar Asa y Ein Hashlosha doy gracias a Dios que no estuvimos ahí. El sábado pasado por la mañana, con mi poco manejo del hebreo, en la televisión israelí me enteré de todo lo que había ocurrido. No era nuestro momento, ese no era nuestro lugar.



Comentarios