Guerra en Israel: la mañana de las alertas de misiles
- 7 oct 2023
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Despertar con la alarma de la app de ataque aéreo, que sonaba una y otra vez, parecía algo sacado de una película de guerra de Medio Oriente, de esas que hay en las plataformas de video. En mi estado somnolencia, esto era como la continuación de la película Golda, que estaba viendo hacía algunas horas atrás.

Trabajar un viernes en la noche es sinónimo de películas, snacks y buscar cómo hacer que pasen de forma más amena las ocho horas. Es que en layla shabat, su nombre en hebreo, no se trabaja, solo se supervisa que las cosas en la fábrica marchen en orden, es decir, que en el criadero de algas no se encienda ninguna luz roja de alerta de malfuncionamiento.
Anoche en el desierto corría mucho viento, ya no es ese viento caliente del verano, es más bien un viento fresco, de los que te obliga a ponerte una campera liviana. Era una noche de viernes como cualquier otra, con poca circulación de autos por la autopista que conecta el sur de Israel con la parte central del país y con uno que otro dron que vigila la frontera con Jordania.
Me acomodé en el sillón de la sala de control y prendí mi tablet para ver el menú que tiene la “app alternativa” que reúne televisión en vivo, series y películas. Comencé a revisar este último ítem cuando me topé con “Golda”, una película israelí que hace mucho que quería ver, pero que acá en Israel estaba en los cines en hebreo y sin subtítulos en inglés. No tengo que explicar mi poca pericia en el manejo del idioma local.
La cinta narra sobre el desempeño que tuvo la fallecida primer ministra de Israel, Golda Meir, durante la guerra de Yom Kippur, un ataque planificado y coordinado entre Egipto y Siria ocurrido en 1973. Mientras veía las imágenes y escuchaba los audios era imposible que esas voces no me recuerden a los jovencitos que hoy van a cumplir con el servicio militar obligatorio, muchos de los cuales son blanco a diario de “lobos solitarios”, que son terroristas que los apuñalan o atropellan. Sí, eso sucede muy seguido, pero no concita la atención de los medios de occidente o Europa.
De rato en rato detenía la película para buscar alguna información en Google y conocer el contexto. Vivo cerca de la frontera con Egipto y Jordania, justo donde se había realizado ese conflicto. Recordaba mis visitas al desierto en bicicleta y que no había prestado atención en encontrar algún vestigio de aquella guerra, han pasado cincuenta años y es poco probable que suceda eso.
Mientras iba avanzando la cinta pensaba en que si este nuevo gobierno, el cual no tiene el respaldo de una gran parte de la población israelí debido a una polémica reforma judicial, estaba preparado para un ataque coordinado como el de 1973. La película terminó y aún tenía por delante la mitad de la noche.
A las 5 de la mañana llegó Darío, mi compañero argentino, a hacer el relevo del puesto. Conversamos un par de cosas sobre mi último viaje a España y el suyo a Argentina. “Que duermas”, me dijo; yo le contesté que iba a dormir poco porque tenía que llevar a mis hijos a un festival de teatro en Eilat, la ciudad que está a 20 minutos de casa.
Tras manejar tres minutos en la autopista que separa mi kibutz, ubicado en lo alto de una pequeña montaña, del otro donde trabajo, llegué a casa. Al momento de cerrar el auto miré al cielo y estaba despejado, ya no soplaba el viento que había al momento que entré a trabajar. Ahora que lo pienso, era la famosa calma que antecede al huracán.
Como es usual cuando trabajo de noche, mis hijos dormían en mi cama con mi esposa. Fui a la cama de uno de ellos a descansar, me puse tapones en los oídos porque quería dormir sin interrupciones hasta las 10 de la mañana. Silencié el celular y desconecté el bluetooth para que el smartwatch no vibre.
No eran ni las nueve de la mañana cuando sentí que el celular sonaba con bastante insistencia. Era una alarma desconocida. Me acordé de que medio que se había desconfigurado el celular antes de mi viaje a España y asumí que ese ruido tenía relación con eso. Que raro, no dejaba de sonar por más que apretaba los botones. Intenté con bajar el volumen y el ruido extraño iba menguando. A lo lejos escuché a uno de mis hijos le decía a mi esposa que escuchaba un ruido, ella le contestó que tal vez era un vecino.
Volví a acostarme y no pasaron ni cinco minutos cuando volvió a sonar la misma insistente alarma. Mi hijo entró a la habitación y detrás de él, mi esposa me preguntaba qué era eso. No veía ninguna notificación, no supe que responderles. Revisé mi WhatsApp y ahí estaba la respuesta. En uno de los grupos de noticias de Israel en español informaban del ataque por aire, tierra y agua desde Gaza. Entré a la app Tzeva Adom, el de la alarma descontrolada, y pude ver que a esa hora de la mañana ya habían sido disparados cerca de 300 misiles.
Los trágicos hechos y los números de rehenes, fallecidos y heridos que se fueron dando durante el día ya es de público conocimiento, al igual que la declaratoria de guerra por parte del actual primer ministro Benjamín Netanyahu. En este momento, la principal tarea del gobierno es capturar a los terroristas que se infiltraron en territorio israelí y neutralizar los incesantes ataques que continúan a esta hora de la madrugada del domingo.
Ya habrá tiempo para dirimir responsabilidades de esta enorme falla del sistema de inteligencia que hizo que ocurriera este ataque, que ha sido catalogado como el peor desde 1973, el mismo de la película Golda.



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