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La verdadera y silenciosa batalla contra el edadismo

  • 13 mar 2023
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 17 mar 2023

Linkedin está lleno de publicaciones de empresas y de CEOs que destacan de sobremanera – y como algo novedoso – que los lugares donde trabajan apuestan por contratar a #mayoresde40. En Medio Oriente, la realidad demuestra que no hace falta tanto bombo y platillo para abordar este tema.


Jueves a las 19 h, en Israel, y también en los países árabes, es como un viernes por la tarde-noche de occidente. Termina la semana laboral, mucha gente en bares, shoppings y supermercados. Hace un par de semanas, luego de llevar a mis hijos al dentista, fui a hacer unas compras a Levi, algo parecido al supermercado Coto de Argentina, y el lugar reventaba de gente.


Caminaba cerca de la carnicería del supermercado, mientras hablaba por celular con mi esposa y le contaba que cortes quedaban en la exhibidora. El hombre que estaba atendiendo prestó atención de que yo no hablaba en hebreo, un detalle no menor es que estaba con la campera de la selección argentina. En mi precario hebreo, le pedí dos bandejas de pargiot, que son piernas de pollo deshuesadas, listas para poner a la parrilla. El hombre me dice “Argentinai no”, yo me reí y a continuación me cuenta que es francés y lo que venía era obvio: el último Mundial de fútbol.


Estaba conversando con el carnicero cuando aparece un hombre de canas, que también trabaja en ese supermercado, diciendo que él también es argentino. No le iba a explicar el tema de mi doble nacionalidad, y me comienza a charlar. Miguel, así es su nombre, me preguntó de qué parte de Argentina era. “Banfield”, fue mi respuesta. Fue el último barrio donde viví y donde aún está mi casa que hoy está en alquiler. “Somos vecinos. Yo soy de Lomas de Zamora”, me dijo.


Ahí te das cuenta cuando una persona necesita conversar, y más aún cuando es en su idioma natal. Me contó que hacía 50 años que se había mudado a Israel. Ese tiempo no es nada comparado con mi año y tres meses que estoy acá. En un momento del diálogo me hizo una de esas preguntas en las que no sabes qué contestar: “Cuántos años crees que tengo?”. Lo traté de examinar muy rápidamente y le dije: “65”. Su respuesta me sorprendió: “Tengo 84 años”.


Me dejó helado. Siempre pienso que no voy a llegar a cruzar la barrera de los 60 debido a la vida bohemia que tuve en algún momento de mi vida, tanto en Lima como en Buenos Aires. “Hace un par de años murió mi novia, tengo un hijo de 60 años que veo poco y trabajar me mantiene activo”, me dijo y a continuación me recomendó una oferta de cervezas griegas mientras miraba unas ipas en lata que tenía en mi carrito. Le agradecí la atención y me despedí.


Mientras que volvía a casa pensaba lo diferente que es el mercado laboral en Israel, por lo menos acá en la parte sur, y en occidente. Tengo muchos contactos de Perú y Argentina en mi LinkedIn que regularmente publican, como una cosa digna de reconocimiento, que en la empresa en que trabajan contratar gente de más de 40 años.

Tengo que reconocer que, principalmente en el extremo sur de Israel, las empresas se disputan a los trabajadores porque acá no hay mucho recurso humano como en otras partes del país. Tanto así que los hoteles y restaurantes de Eilat, la ciudad más cerca al kibutz donde yo vivo, piden al municipio permisos para que jordanos y egipcios trabajen en sus instalaciones, principalmente.


A partir de ese encuentro con Miguel, el vecino de Lomas de Zamora, localidad el sur del Gran Buenos Aires, es que puse más atención en la diversidad del rango etario de los trabajadores que hay en Israel. También están los que se jubilan y disfrutan de una pensión que les alcanza para vivir y poder disfrutar de su vejez, pero también están los otros que desean seguir sintiéndose parte de la población económicamente activa.

 
 
 

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