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La épica blanquiazul en la mismísima Bombonera

  • 26 feb 2025
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 2 abr 2025

Vivir en un país hipermega futbolero como Argentina te hace mirar por debajo del hombro al fútbol peruano, ese fútbol que fue lo primero que vi en mi vida. Pero como la pelotita no sabe de lógicas, anoche Alianza Lima hizo algo que parecía increíble: sacar de la pre-Libertadores a Boca Juniors en su casa.


Celebración de
Celebración de

En unos días voy a cumplir 19 años viviendo en Buenos Aires, con dos años de interrupción en los que viví en Israel. Después de tantos años, como es lógico, también tengo la nacionalidad argentina y me mimetizé con la pasión futbolera. Incluso cuando estuve en Medio Oriente, organizaba mi agenda laboral en base a los partidos de River Plate, el clásico rival de Boca Juniors.

 

Cuando me enteré de que Alianza Lima iba a jugar contra el xeneize, me imaginé que sería lo mismo de siempre cuando los equipos peruanos se enfrentan a los argentinos: una aplanadora de los del Río de la Plata frente a los de mi querido país que me vio nacer.

 

El martes de la semana pasada me senté a ver a Alianza Lima. Ver el estadio de Matute me retrotrae a las épocas de mi adolescencia, cuando esperaba que abrieran las puertas del estadio a mitad del segundo tiempo, algo que se llamaba segundilla y que permitía que los chicos que no teníamos dinero pudiéramos ver a nuestro equipo. Años más tarde, iría a ese mismo recinto, a la tribuna de occidente, y más de una vez salí en cámaras contando qué me motivaba a ir a ver al cuadro íntimo los fines de semana.

 

Para mi sorpresa, no vi un equipo timorato. Alianza Lima jugaba bastante suelto y en los primeros minutos de los 45 iniciales anotó un gol. Pero no quedó todo ahí: el equipo blanquiazul seguía con la intención de aumentar la diferencia, aunque no llegaron más goles. Todo se definiría en la Bombonera.

 

La soberbia del periodismo argentino comenzó a disparar a diestra y siniestra. No hubo ningún programa de fútbol, de esos que duran horas y horas, que dudara de una victoria de Boca. Uno de los programas que más disfruto es Pasión en el Fútbol, que se transmite durante los primeros minutos del lunes. En ese espacio, todos aseguraban que Boca iba a pasar de fase; ninguno de los panelistas le dio una mínima chance a Alianza Lima. “Es un mero trámite”, señaló el Pollo Vignolo.

 

Llegó el Día D para Alianza Lima, con un clima que no acompañaba y al que no estaba acostumbrado. Había pronóstico de lluvias para toda la semana, y apenas tocó suelo argentino, el equipo blanquiazul fue recibido con una tormenta eléctrica. El día del partido, el cielo porteño parecía el de Lima en invierno: un gris furioso que amenazaba con largar mucha agua.

 

Las 21:30 horas locales fue el momento indicado para lo que sería uno de los partidos más importantes de Alianza Lima desde 2010, cuando se enfrentó a Estudiantes de La Plata. Mis amigos andaluces dicen que los estadios argentinos son parecidos a los coliseos romanos de la antigüedad, y la Bombonera no fue la excepción. Alianza Lima salió al campo vestido de blanco, en medio de una cancha que rugía y exigía una victoria xeneize para pasar a la siguiente etapa de la pre-Libertadores.

 

El miedo escénico le ganó y llegó el autogol de Trauco. Yo, desde la mesa del bar San Bernardo, en el barrio porteño de Villa Crespo, me imaginaba lo que sería una caída estrepitosa. En mi defensa, tengo las sendas derrotas de equipos peruanos que cada año se suceden en la Copa Libertadores para sustentar mis temores. Pero llegó el momento del Pirata, aquel jugador que muchos hinchas de Alianza señalaban que servía para el torneo local pero no para la Libertadores, cuando se elevó en el área chica xeneize y con un frentazo decretó el 1-1 a favor del equipo peruano y silenció la Bombonera. Sí, viví para ver ese momento histórico, y encima en Buenos Aires. Mi grito de gol en un bar lleno de hinchas de Boca delató que mi corazón estaba con el equipo blanquiazul.

 

Al finalizar el primer tiempo, sabíamos que en los 45 minutos restantes vendría un arbitraje que iba a favorecer al local. Seamos sinceros: una Libertadores con Boca es más atractiva para cualquier público. Sin embargo, Alianza Lima supo contrarrestar el vendaval local. El gol de Zenón a los 58 minutos hizo que se encendieran las alarmas, pero Pipo Gorosito supo cómo rearmar el equipo y evitar que cayera en la desesperación de tener un 2-1 y que la tanda de penales se asome en el horizonte.

 

Pipo, un viejo domador del equipo bostero, sabía que había llegado el momento de jugar con las ansias del equipo local. Las peleas no se hicieron esperar, y los choques entre los jugadores xeneizes y blanquiazules comenzaron a repetirse a medida que el reloj avanzaba.

 

Uno de los puntos de inflexión fue el cambio en el minuto 97 del arquero xeneize Marchesín, un tipo con experiencia, por el joven Leandro Brey. Propios y extraños lo vieron como un signo de debilidad, más aún en un momento tan crucial como los penales que se acercaban para definir quién iba a pasar a la siguiente ronda.

 

En la tanda de los doce pasos, todo salió a pedir de boca para los dirigidos de Gorosito. La imagen de un cuestionado Fernando Gago, DT de Boca, con la mirada baja durante la tanda de penales, fue elocuente. El último penal, el de mayor tensión, fue atajado por Guillermo Viscarra, el guardameta blanquiazul, quien detuvo el disparo de Velasco.

 

Fin de la historia: el equipo del país cuya selección va última logró una épica digna de ser recordada. Porque nadie se va a olvidar de las lágrimas del Pirata Barcos mientras que miraba a los 2000 hinchas que estaban apoyando al equipo íntimo.

 

¿Qué hice yo? En un bar lleno de hinchas con camisetas amarillas y azules, saqué mi camiseta blanquiazul y dije: “Era en este lugar, en este momento. Arriba Alianza”. Los que hasta hacía unos pocos minutos habían celebrado los goles xeneizes me felicitaron por el logro de mi equipo. Porque, muy contrario a lo que muchos creen, en estas tierras hay hinchas rivales que saben reconocer la derrota sin recurrir a la violencia.

 

Perdón, Pipo, perdón

 

Cuando a fines del año pasado me enteré de que Pipo había sido elegido por la dirigencia de Alianza Lima para ser el nuevo DT, lo maté. “¿Cómo vas a elegir a un entrenador que en su presentación – recordando cuando tomó las riendas de Colón de Santa Fe – dice ‘Me gusta el pescado, la cumbia, la cerveza y soy negro’?”. Luego le recité las veces que la suerte le había resultado adversa.

 

La minigira que tuvo Alianza en Argentina, en enero, no hizo más que reafirmar mi posición. Deportivo Morón, el gallito, nos pintó la cara y, con todo mi pesimismo, auguraba que no íbamos a pasar de la fase 1 de la pre-Libertadores. La historia ya la conocemos, y hoy Alianza Lima ya piensa en Deportes Iquique.

 

Pero no solo yo tengo que pedirle perdón al mediocampista surgido en River Plate; también se lo tienen que pedir los Vignolo, Pagani, Bulos y un largo etcétera que subestimaron a su equipo antes de jugar. No, no fue un mero trámite; fue un partido que se jugó y el ganador no fue el que ellos querían.

 
 
 

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