Los últimos días de la vida
- 13 jul 2025
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Una de mis ocupaciones en Granada me ha llevado a compartir el día a día con una pareja de ancianos: Purificación, de 88 años, y Alfonso, de 87. Esa convivencia me ha llevado a replantearme y reflexionar sobre ciertos aspectos de la existencia. Y cada jornada junto a ellos trae consigo una pregunta persistente: ¿Es preferible que nuestra vida termine mientras aún conservamos nuestras facultades, o conviene prolongarla, incluso cuando ya no podemos valernos por nosotros mismos?

Cuando llegué a Granada, vivía en San Miguel, un barrio situado muy cerca del mirador más alto de la ciudad. Desde allí, cada noche, observaba con detenimiento y trataba de reconocer los distintos barrios de este nuevo lugar que me acogía. Imaginaba que allá abajo se tejían miles de historias, cada una con sus propias particularidades. Una de ellas es la de Purificación y Alfonso, dos seres que atraviesan la última etapa de sus vidas con más soledades que acompañamientos, y con muchas necesidades —no siempre materiales— que permanecen insatisfechas.
Viven en La Cartuja, en una casita modesta. Josefa, una de sus hijas, me contactó para que ayudara con el cuidado de su madre. La tarea era sencilla: asegurarme de que tomara sus pastillas a media mañana. Pero lo que comenzó como un gesto puntual pronto se transformó en algo mucho más profundo: ser compañía, ser escucha, ser presencia.
Con el tiempo descubrí lo que a veces duele más que la soledad: la ausencia de quienes más se ama. Los hijos apenas los visitan. El contacto se reduce al móvil, y las visitas son breves. José los lleva a un café algunos días a la semana, mientras los otros aparecen solo para dejar la comida, y no siempre con buen humor.
Cada vez que llego, Puri se emociona. A veces me agradece con lágrimas en los ojos el hecho de ir a verla. Me recuerda a mi abuela materna, y ese sentimiento, sumado al aroma de la colonia Heno de Pravia —la misma que usaba mi querida abuela— hace que el acto de visitarla se vuelva entrañable. Alfonso, en cambio, tiene un carácter más áspero, y los gritos entre ambos son frecuentes. En muchas ocasiones actúo como mediador en una convivencia que se vuelve cada vez más difícil.
Comparten una habitación acondicionada en el comedor. En pleno y abrazador verano andaluz, discuten por la puerta cerrada o por el aire acondicionado que nunca se enciende. Es frecuente que Puri marque el número de emergencias desde ese viejo móvil —de esos que no tienen nada de “smart”— durante la madrugada. Pero nadie acude. Duermen solos. En un silencio que se rompe cuando Puri sueña que los dos perros que la acompañaron en su infancia se escapan, o cuando Alfonso —cada día más desorientado en tiempo y espacio— cree que ya es hora de levantarse y enciende el televisor.
Confiamos en que nuestros hijos estarán ahí cuando envejezcamos, cuando volvamos a depender de otros como al principio de nuestra existencia. Pero la vida no garantiza que eso suceda.
Los vecinos cuentan que los hijos van los fines de semana, y que el mayor les grita cuando sus ancianos padres repiten una y otra vez ciertos pedidos. Quienes han acompañado a personas mayores saben que la reiteración no es terquedad, sino parte de una mente que poco a poco se va difuminando.
Algunas voces juzgan: “¿Qué habrán hecho esos padres en su juventud para que los hijos los traten así?” Yo no conozco su pasado. Lo único que veo son dos seres que muestran los inequívocos signos de quienes transitan el ocaso de sus vidas.
Un amigo granadino, al conocer la situación, me dijo: “Yo, antes de quedar así, dependiendo de otros, me pego un tiro”. No sé si en sus palabras habla el miedo o la desesperanza. Pero estoy convencido de que Purificación y Alfonso no desobedecen por capricho; lo hacen porque quieren demostrar que aún son capaces. Que todavía son esa pareja que crió a sus tres hijos. Que, incluso estando cerca del final, hay cosas que no están dispuestos a ceder.
Una fotografía en sepia, colocada en lo alto del salón convertido en dormitorio, es una prueba contundente de aquellos años en que esta pareja era joven y vital. En ella, doña Purificación luce una melena oscura y unos ojos inmensos; don Alfonso aparece con gomina y un bigote elegante, al estilo del desaparecido actor español José Sazatornil.
Hoy, sus cuerpos delgados y frágiles son libros abiertos que nos hablan del trajín que supuso criar hijos y trabajar en un momento muy especial de la historia de España. Sus memorias, aunque quebradas, siguen siendo historia viva. Una historia que, a pesar de su juventud, sus tres hijos también parecen haber olvidado.



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