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Seguir viviendo sin el traductor (de Google)

  • 3 oct 2023
  • 3 Min. de lectura

Desde hace siete días estoy experimentando la felicidad de poder comunicarme y entender lo que sucede en mi entorno. Tras un año y diez meses viviendo en Israel, y de luchar a diario con el hebreo, hoy me encuentro recorriendo varias ciudades de España. Gran parte de mi vida trabajé en comunicación, pero fue recién en este viaje que caí en cuenta de lo enormemente esencial que es esto.


A fin del año pasado decidí que era el momento de tener unas vacaciones fuera de Medio Oriente. La excusa perfecta fue el venir a un concierto de Hombres G, la icónica banda de pop rock de los 80 que descubrí cuando tenía 9 años, allá lejos en Lima, Perú. Con el pasar de los meses, el objetivo de la visita a tierras ibéricas fue cambiando por las dificultades que tenemos con mi esposa para adaptarnos en Israel.


Tengo que reconocer que el país donde vivo hizo todo lo posible para que nuestra absorción, término que ellos utilizan, fuera lo más placentera y rápida, tanto así que durante los primeros seis meses nos pagaban para que nos dediquemos de lleno a aprender el hebreo. Mi esposa tuvo más éxito con el aprendizaje de esta milenaria lengua, a pesar de que ella niega sus grandes progresos; mi caso es distinto: soy un negado para el idioma que fue “resucitado” hace 75 años cuando se creó Israel y se instituyó como idioma oficial.


El domingo por la tarde al llegar al aeropuerto de Barajas, en Madrid, la conversación de la gente era música para mis oídos. Sentí una mezcla de felicidad y alivio el poder preguntarle a una policía española si me iban a sellar el pasaporte, ella muy amablemente me respondió que con el sello de mi escala en Letonia era más que suficiente.


Toda esa información la había obtenido sin la ayuda del celular, sin escuchar en el dispositivo cómo es que se pronuncian las palabras, algo que hago a diario en Israel porque mi nivel de hebreo es el mismo que el de los niños de dos años con los que trabaja mi esposa. Para comprar el boleto del tren no tuve que sacar una foto al monitor de la máquina expendedora y esperar unos segundos para que la app haga su suyo. Hay que señalar que “el traslate” a veces da como resultado frases sin sentido alguno. Por ejemplo, un día que traduje el menú diario que sirven en mi trabajo me arrojó que para comer había “Automóvil club británico” como plato principal.


En una entrevista que tuve al día siguiente de mi llegaba, mi abstinencia verbal hizo que hablara tanto que la reunión duró cerca de tres horas. Era genial esa sensación de expresarse sin hacer el esfuerzo mental de pensar cada palabra que iba a decir. Había vuelto a ser la misma persona que en Buenos Aires trabajaba escribiendo cosas que luego se publicarían en redes sociales o en la web. De manera momentánea ha quedado atrás mi hit israelí: “Any lo medaver hibrit” (Yo no entiendo hebreo).


Hay una creciente diáspora argentina en España, a un dos de ellos me los crucé en la fila para entrar al Museo Del Prado. Con la pareja, proveniente del Chaco, me puse a conversar mientras esperábamos para entrar. Conversamos sobre los temas que hoy concitan el interés de los argentinos que se encuentran allá y en el resto del mundo: crisis económica, inseguridad ciudadana y elecciones presidenciales.


Ver la televisión los canales de señal abierta es otra de las cosas de no puedo hacer Israel. La oferta de español en el servicio de cable que tengo contratado se reduce al canal 24 de noticias de España, el resto es en hebreo y ruso. No tengo opción al zapping.

El gran objetivo que tenemos hoy con mi familia es instalarnos en España. El hecho de no contar con ciudadanía de algún país de la Unión Europea hace que esa tarea sea complicada pero no imposible. “El mejor momento para venir es cuando pase el invierno”, me dijo una amiga que vive en Granada y con la que estudié un máster en Buenos Aires. En breve el frío llegará a esta parte del plantea y ese tiempo también me servirá para definir la estrategia que utilizaremos para venir e instalarnos.


Miro el cielo despejado de Madrid de un martes caluroso en el parque de El Retiro y no quiero pensar en el regreso. Un amigo que vive en Barcelona me comentó que dentro de las figuras para vivir legalmente acá es el solicitar asilo. En tono de broma le digo que en mi caso podría recurrir al “asilo idiomático”.


Saco mi celular para ver la hora y en el momento que trato de impedir que aparato se escape de mis manos se abre el traductor, esa app amada y odiada que por estos días tiene su merecido descanso.

 
 
 

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