Un Viernes Santo en el lugar donde todo ocurrió
- 14 abr 2023
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Si bien ya conocía la ciudad vieja de Jerusalén, desde hace algún tiempo me rondaba la idea de vivir la experiencia de pasar por lo menos un día de Semana Santa en ese lugar tan significativo para el cristianismo. En la previa de mi llegada, la policía y un grupo de musulmanes radicales se habían enfrentado cerca de una mezquita.

Cuando era chico, allá por la década de los 80 en Lima, Perú, los Jueves y Viernes Santos eran días en que todo entraba en pausa: las radios dejaban de emitir su programación habitual, los canales de televisión pasaban películas relacionadas con la vida de Jesús, y en las calles se notaba menos movimiento. No, no es como ahora que Semana Santa es sinónimo de una oportunidad para irse de viaje y descontrolarse, cosa que alguna vez hice en mi juventud.
En la inexistencia de la televisión por cable, no me quedaba más remedio que ver la televisión de señal abierta. En el viejo televisor Hitachi de blanco y negro miraba con curiosidad aquellos lugares donde se había desarrollado la pasión y muerte de Jesús. Esas calles angostas eran las que uno se imaginaba cuando escuchaba al cura en la misa dominical. Ahora que caigo en la cuenta, no recuerdo el momento exacto donde dejé de ir con mis padres a ese rito familiar… debe haber sido cuando entré a la facultad de Derecho, luego de mi etapa de estudios generales, en la universidad.
La primera vez que fui a Jerusalén fue en compañía con mi esposa y mis dos pequeños hijos. No, no es un viaje recomendado para hacer con chicos porque se camina mucho y se aburren con facilidad. Yo quería volver y recorrer el lugar prestando atención a cada uno de los detalles de esta especie de Torre de Babel.
Está de más decir que este lugar tiene gran significado para cristianos, judíos y musulmanes, estos últimos comenzaron el mes del Ramadán unos días antes del inicio de Pesaj, las pascuas judías, y de la Semana Santa. Desde mi casa, a cuatro horas de Jerusalén, veía que en los días previos de mi viaje las cosas no estaban muy tranquilas en el resto del país: el centro y el norte de Israel eran blancos de misiles procedentes de Gaza y Líbano.
A pesar de todo ese panorama, la madrugada del Viernes Santo me subí a un autobús que me llevó a Tel Aviv, lugar donde tomé un colectivo que me condujo a mi destino final. Había trabajado durante la tarde del jueves y por ese motivo, apenas abordé el ómnibus, me acomodé en el asiento y dormí durante casi todo el trayecto. Me desperté recién cuando vi los edificios enormes de la segunda ciudad más grande y cosmopolita de Israel.
Esperé durante una hora mi próximo transporte. Me senté en una terminal que está a cielo abierto y con toda la seguridad del mundo miraba mi celular sin temor a que me roben, algo que no podría hacer ni en Lima ni Buenos Aires, ciudades donde viví durante mucho tiempo.
Estaba amaneciendo cuando el colectivo se acercaba a Jerusalén. Una luna enorme, de esas que se ven en Medio Oriente, se iba escondiendo detrás de esa milenaria ciudad. Me bajé en una bastante deslucida terminal de ómnibus. Mi celular me indicaba que podía tomar el tranvía hasta mi hotel. Tras unos minutos de viaje, llegué al lugar y me registré. Dejé mi pequeña valija en el depósito y salí a caminar con mi mochila por la avenida Jaffa, aquella que desemboca en uno de los accesos a la ciudad vieja. Mucha gente iba en la misma dirección, en su mayoría judíos religiosos que iban a rezar antes del comienzo de shabat.
Conforme me acercaba, la gente se iba mezclando. Había católicos que cargaban cruces, musulmanes con sus misbaha en las manos, que es una especie de rosario, y los judíos religiosos con sus sombreros negros. Yo vestía pantalones cortos y remera manga corta, estaba pronosticado un día de mucho calor.
Eran las 7 de la mañana y ya desde esa hora la policía israelí se encontraba apostada en varias esquinas de este lugar de grandes murallas de color ocre. Con la ayuda de mi celular, me dirigí hasta la primera estación de la Vía Dolorosa que, según los evangelios, recorrió Jesucristo. Este punto se ubica en el barrio árabe. Unos pocos fieles cristianos se encontraban rezando ahí mientras que cientos de musulmanes se dirigían a la mezquita de Al-Aqsa, lugar donde hacía dos noches un grupo radical se había encerrado y no dejaba salir a mujeres y niños; luego se habían enfrentado a la policía. Unas mujeres ataviadas con hijab, el velo con el que cubren sus cabezas, miraban con curiosidad el rito de los cristianos. En unos altoparlantes sonaba algo que parecía un rezo en árabe.
En la segunda estación de la Vía Dolorosa, unas monjas en sillas de ruedas eran ayudadas por unas más jóvenes de su misma congregación mientras rezaban en italiano. Más allá, un grupo de chicos con rasgos orientales hacían lo mismo, uno de ellos llevaba en sus manos una cruz de madera. Un dato llamativo es que varios negocios cercanos vendían a manera de souvenir una corona de espinas, como la que usó Jesús en sus últimas horas de vida.
El resto de las estaciones se encuentran en el barrio de los cristianos, lejos del musulmán. Ahí sí se podía caminar con comodidad, los fieles eran muchos menos. Para entrar a la iglesia del Santo Sepulcro había largas filas en las dos posibles entradas, o por lo menos esas fueron las que yo pude ubicar. Los policías israelíes trataban de ordenar el flujo de gente que iba ingresando. A esa hora eran muchos los negocios que ya estaban abiertos.
En el medio me di cuenta de que aún no conocía la famosa entrada de Damasco, uno de los accesos a la ciudad vieja y donde se encuentra el barrio musulmán. Volví por las estrechas calles por donde ya había pasado. El volumen de los rezos en árabe por los parlantes ahora era cada vez más fuerte. Yo iba en contramano de los fieles musulmanes que se dirigían a la mezquita. El olor a especias e inciensos invadían el lugar. Finalmente, crucé la famosa puerta de Damasco que es muy parecida a la de Jaffo. Compré un pan pita con queso y orégano, el hambre ya era fuerte a esa hora.
A esa altura de la aventura me sentía un poco decepcionado. Imaginaba un gran fervor de los cristianos, en todas sus variantes, viviendo esta fecha tan significativa en el calendario religioso. La presencia de los fieles musulmanes era abrumadora comparada con los de las otras dos religiones.
El poco sueño se hacía evidente y quería regresar al hotel para volver a la ciudad vieja a las 15 horas, momento en el que según la biblia murió Jesús en el Gólgota. Junto al Santo Sepulcro, ambos lugares ya los había conocido en mi primera visita a Jerusalén. Era el medio día cuando volví a mi hotel. Sin darme cuenta caminé cerca de cinco horas por la ciudad vieja, incluyendo el muro de los lamentos.

La ciudad que se paraliza
Caí rendido en la cápsula de luces violetas. Estaba alojado en uno de esos hoteles de compartimentos personales que tienen con casi todo lo que puede tener una habitación de hotel: televisión, aire acondicionado, wifi y un tomacorriente – USB para cargar el móvil, tablet o notebook.
Había pasado largamente la hora en la que quería regresar a la ciudad vieja cuando me desperté. Afuera ya estaba todo oscuro y en las calles todos los negocios estaban cerrados, solo caminaban turistas y religiosos judíos que se dirigían al muro de los lamentos para el rezo de shabat. Quería llegar a la explanada de las mezquitas, pero con los acontecimientos ocurridos hacía un par de noches era mejor estar lejos de ahí.
La noche estaba bastante fría para ser primavera. Definitivamente, en el sur de Israel hace mucho más calor que en el centro. Me senté en una banca a mirar la calle cuando comenzaron a llegar alertas al celular acerca de un atentado que había ocurrido en Tel Aviv hacía un par de minutos. En la rambla, un terrorista atropelló a gran velocidad a un grupo de gente, producto de esto había muerto un turista italiano. Yo había estado hacía tan solo algunas horas atrás en esa ciudad. Conocía muy bien el lugar del ataque, era enfrente del Hotel Dan Panorama, en ese lugar pasé una semana en cuarentena cuando recién llegué a Israel, en diciembre de 2021.
Lo que los de occidente ven estando acá
Volví al hotel cápsula con mi improvisada cena de frutas, atún y galletas. Era lo poco que pude comprar en uno de los dos kioskos que encontré abiertos. Estaba comiendo en la pequeña cocina del lugar cuando una pareja de españoles me preguntaron un par de cosas de la ciudad. Les conté que era mi segunda vez en Jerusalén y que no conocía tan bien la ciudad. Los turistas me contaron que solo iban a pasar esa noche en el hotel y que mañana por la tarde se iban al Mar Muerto.
Entre sopas instantáneas, galletas y alguna cerveza me contaron que estaban muy impresionados como se vivía en Israel el tema del terrorismo. La noche anterior habían estado en un hostel en la ciudad vieja y escucharon los disturbios ocurridos en la mezquita de Al-Aqsa. Por ese motivo, decidieron cambiar de alojamiento.
- Vimos como unos policías revisaban un auto que había sido estacionado cerca de donde rezaban los musulmanes. Mientras los que estaban uniformados hacían su trabajo, la gente, incluyendo mujeres y niños, los insultaban y escupían. Estaban arriesgando su vida para salvar a los que los humillaban, dijo el chico de unos 30 años.
Les conté que esa escena grafica de alguna manera lo que ocurre casi a diario en Israel. Si bien no tenemos problemas de inseguridad ciudadana, como la que hay en Latinoamérica, lidiamos con un enemigo que, como en el atentado en Tel Aviv, no distingue de nacionalidad, edad, sexo o condición social.



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