Una huelga estudiantil y cómo hacer frente a quienes apoyan el terror
- 2 oct 2025
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Mi nueva —y espero que última— etapa estudiantil se vio interrumpida este 2 de octubre por la denominada huelga para “parar el genocidio contra el pueblo palestino”. Todo esto, a propósito de la guerra que estalló el 7 de octubre de 2023, cuando Hamás, el grupo terrorista fundamentalista islámico, asesinó y secuestró a civiles en Israel. Asistir a un aula vacía, como si hubiera clases, fue mi manera de decir: “Yo estuve ahí, no me lo tienen que contar”.

Cuando hablas con un migrante latinoamericano sobre lo que no extraña de su país, una de las primeras cosas que suele mencionar son las huelgas. Más aún quienes estudiaron en universidades públicas, por lo general, ultrapolitizadas. No tuve el privilegio de cursar en la Universidad de Buenos Aires (UBA), pero las pocas veces que entré, cuando recién llegué a la capital argentina, lo que más me llamaba la atención era el excesivo número de carteles de diferentes partidos políticos. Con el tiempo comprendí que detrás de eso había poder y dinero en juego.
Cuando pensé que mi etapa de aprendizaje ya estaba cerrada, la abogada que llevaba mi caso me advirtió que, para regularizar mi estadía y permiso de trabajo en España, debía volver a los claustros académicos. El tiempo jugaba en mi contra, así que una Formación Profesional Superior en un centro privado resultaba la opción más indicada: Diseño de aplicaciones web.
Como era de esperar, mis compañeros son chicos que hace apenas un par de años salieron del colegio. Yo tranquilamente podría ser el padre de alguno de ellos. No había pasado ni una semana cuando circuló un papel para firmar la adhesión a la llamada Huelga Estudiantil del 2 de octubre, bajo la consigna: “Paremos el genocidio contra el pueblo palestino”. En Latinoamérica, las universidades privadas rara vez se pliegan a este tipo de iniciativas; sin embargo, en España, si más del 50 % del alumnado apoya la medida, no queda más remedio que suspender las clases. Cuando el papel llegó a mis manos, lo pasé directamente al compañero de atrás sin firmarlo. Él tampoco lo hizo.
El organizador de la suspensión, al ver la hoja, me miró sorprendido y dijo:
—No firmaste.
A lo que respondí tajante:
—No, no firmé.
Los ocho compañeros restantes se dieron vuelta y me miraron con algo más que sorpresa.
No, no iba a ponerme a contar que el 7 de octubre de 2023 yo estaba en Israel; que, tras casi un mes de incertidumbre, junto a mi familia tuvimos que abandonar nuestras pertenencias y la vida que llevábamos en el kibutz Grofit, por miedo a correr la misma suerte que quienes fueron asesinados en Be'eri, Kfar Aza, Nir Oz y otros kibutzim.
Lo enfermizamente sorprendente es que muchos olvidan que el terrorismo fundamentalista islámico de Hamás fue quien inició este conflicto. Desde 2005, cuando llegaron al poder elegidos por el propio pueblo gazatí, lo “normal” era que dispararan semanalmente dos o tres misiles hacia las principales ciudades israelíes. Sonaban las sirenas, la gente corría a refugios, el sistema de defensa Cúpula de Hierro interceptaba los proyectiles y, minutos después, la vida seguía. Eso no era noticia en Occidente; nadie condenaba esos ataques. El antisemitismo permanecía en estado latente hasta que despertó el 8 de octubre. Sí, justo después de que Israel reaccionara y, como cualquier país, iniciara una operación para rescatar a los secuestrados, de los cuales aún 48 permanecen en manos de Hamás.
Y es ahí donde surge mi pregunta para los del #FreePalestine, esta tribu de paladines —muchos de ellos profundamente antisemitas y antisionistas—: ¿cómo rescatarían ellos a civiles en manos de un grupo terrorista que violó mujeres y asesinó niños y ancianos? Sí, esos mismos que, la mañana del sábado 7 de octubre, llamaban desde los teléfonos de sus víctimas a familiares en Gaza para contarles emocionados que “habían matado judíos”. Tal vez crean tener estrategias que ni el alto mando militar israelí conoce.
En Semana Santa de 2023, meses antes de la masacre, estuve en Jerusalén para vivir esa fecha tan significativa para los católicos. Coincidió con Ramadán, una de las celebraciones más importantes del islam. En un café de la ciudad vieja —donde conviven cristianismo, judaísmo e islam— un árabe se me acercó al ver mi camiseta de River Plate. El fútbol inició una breve charla que derivó en la situación política de la región. Al despedirse me dijo una frase que aún resuena: “El gran problema de ustedes es que quieren entender Medio Oriente con la cabeza de Occidente”.
Creo que tiene razón en un 50 %. El otro 50 % es pura ignorancia. A los pocos días de instalarme en Granada, la amiga de una compañera de maestría me aseguraba que en Israel todos los viernes estábamos obligados a rezar. Se sorprendió mucho cuando le conté que en shabat yo hacía asados, ponía a Los Redondos y tomaba cerveza.
Lo mismo ocurre con quienes justifican la masacre del 7 de octubre argumentando que el pueblo palestino está oprimido desde 1948. Olvidan que la ONU también propuso un Estado palestino y fueron ellos mismos quienes lo rechazaron, al igual que en el año 2000, cuando Yasser Arafat se negó a la creación de un Estado propio.
Volviendo a la huelga, ¿son conscientes los estudiantes de que las cifras del “genocidio” provienen de los mismos terroristas que violaron mujeres y asesinaron niños y ancianos el 7 de octubre? Algunos citan a la ONU, a la UNRWA. ¿En serio? ¿La UNRWA? ¿No vieron los videos en los que se observa cómo los secuestrados eran trasladados en vehículos de esa “organización”? ¿No saben que muchos de sus miembros fueron expulsados al confirmarse que pertenecían a Hamás? El antisemitismo sufre de amnesia selectiva. Porque los #FreePalestine, defensores del terrorismo islamista, tienen algo en común en cualquier parte del mundo: no saben o no quieren responder cuando se les pregunta si Hamás controla Gaza. Eso ocurrió tanto en marchas en Buenos Aires como con Aina Vidal, portavoz de Sumar, aliado del gobierno de Pedro Sánchez.
Lo curioso es que quienes rechazan la existencia de un Estado judío —el más parecido a un país occidental en la región— no cuestionan la existencia de más de 40 Estados musulmanes. Y, paradójicamente, en sus países levantan banderas de derechos mientras defienden a un grupo que ejecuta homosexuales y niega derechos a las mujeres.
Muchos de los que marcharon este jueves contra el supuesto “genocidio” desconocen que mucho antes del 7 de octubre Hamás ya utilizaba a los civiles como escudos humanos, colocando lanzaderas en colegios y hospitales.
Mi pantalla en blanco, en un aula vacía —porque al final el otro compañero que no firmó tampoco asistió— fue mi respuesta pacífica a quienes hoy defienden al terror. Quienes estuvimos en Israel ese 7 de octubre de 2023 no necesitamos que nos cuenten “su verdad”. Yo conozco el miedo que sentí al mirar la ruta 90, la que conecta el sur con el centro de Israel, temiendo que aparecieran terroristas capaces de arrebatarme lo más preciado: mi familia.



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